La crónica menor: ¿Instituciones para qué?

Cardenal Baltazar Porras

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…

A diferencia de otros tiempos, vivimos en la cultura de lo desechable. Todo parece tener valor efímero. Sirve cuando nos conviene y luego se tira a la basura. La Venezuela actual da la impresión de que lo ha asumido como dogma. La democracia y el pueblo son conceptos que tienen valor si responden a los intereses del poder; de lo contrario, si se voltean son vistos como no democráticos, no pueblo. El resultado está a la vista: el deterioro de la vida social, la incertidumbre por todo, porque las leyes y las instituciones son acomodaticias, se amoldan a los intereses del momento. Y luego…se olvidan o echan a la basura.

Me encuentro con una cita que aunque escrita en un contexto bastante lejano al nuestro, calza perfectamente: “las instituciones tienen mala prensa: unas veces, porque nos topamos con ellas como Don Quijote se topó con la Iglesia cuando entraba de noche en El Toboso buscando la mansión de la dama de sus pensamientos. Ocurre esas veces que queremos algo o lo queremos obtener de algún modo que no coincide precisamente con lo que nos ofrecen las instituciones con las que nos topamos. Otras veces, porque, cuando tendrían que proporcionarnos aquello que se supone que están por garantizar, no lo hacen”.

Las instituciones son necesarias, son como el aire que respiramos, pero no nos damos cuenta hasta que nos faltan o se hacen irrespirables. En los últimos años nos hemos habituado al desmoronamiento sistemático de infinidad de instituciones. Buena parte de la población llegó a pensar que era conveniente y hasta indispensable. Así, desaparecieron unas y otras quedaron desdibujadas en la concentración de todas las funciones propias de cada institución en una sola: el poder ejecutivo. No nos dimos cuenta a tiempo que el poder sin la presencia reguladora y vigilante de otras instancias, se corrompe y comete, puede cometer, todo tipo de excesos. La prueba la tenemos a la vista. Las instituciones proporcionan estabilidad y sirve de cauce a las interacciones sociales en un mundo complejo y cambiante.

La situación actual que vivimos en el desconocimiento de las funciones de la asamblea nacional, contrasta con el valor que se le dio a la anterior. En 1999 se forzó desconocer el máximo poder judicial para que actuara en nombre “del pueblo” fuera de la ley. Ahora se consagra el poder absoluto del Tribunal Supremo de Justicia en nombre también “del pueblo”, que no es el mismo al que se hacía referencia antes. Todo lo que aprobó la AN hasta fines del año pasado tiene validez. En cambio lo que la actual AN hace no lo tiene. ¿Para qué sirven entonces las instituciones? Romper unilateralmente con las instituciones es romper con los cauces de entendimiento y colaboración de los ciudadanos. Pero estos no cuentan, lo que cuenta es el poder. Y esto, es moralmente incorrecto e inaceptable, porque en lugar de generar bienestar lo que trae es crisis y escasez de todo, principalmente de sensatez para buscar primero el bien de las personas.