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miércoles, junio 24, 2026

La crónica menor: Jubileos Diocesanos

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo..

La institución eclesial en Venezuela ha estado más atenta a las transformaciones geopolíticas de la sociedad que los mismos poderes públicos. La división político-territorial fue hecha a comienzos del siglo XX, después de numerosos cambios caprichosos realizados durante los gobiernos del siglo XIX. La nación de tiempos de Cipriano Castro no estaba integrada sino conformada por regiones aisladas las unas de las otras, con apenas tres millones de habitantes, que se comunicaban por ásperos caminos que no podían llamarse carreteras o vías de comunicación.

En lo eclesiástico, para 1900 existían seis diócesis: Caracas, Mérida, Guayana, Barquisimeto, Calabozo y Zulia. El Concilio Plenario Latinoamericano (1899) celebrado en Roma marcó una preocupación más incisiva por parte del Vaticano y de los episcopados de nuestros países cristalizó, entre otras iniciativas, en la progresiva multiplicación de las circunscripciones eclesiásticas. Para el 2000, su número rondaba las cuarenta. El Concilio Vaticano II (1962-1965) aceleró aún más la atención a la región latinoamericana. Poco antes de comenzar la última sesión conciliar (1965) en Venezuela se crearon tres diócesis: Cabimas (toda la costa oriental zuliana), Barinas (todo el Estado desprendido de Mérida y Caracas), y Los Teques, con el territorio del Estado Miranda menos el Distrito Sucre, territorios que eran atendidos por Caracas.

La presencia de un obispo y las exigencias de la normativa canónica potencian la presencia eclesial, centrada en una atención más cercana y personalizada de los habitantes de una diócesis. Los frutos están a la vista: mayor número de vocaciones, creyentes mejor organizados y preparados, multiplicación de movimientos y asociaciones de niños, jóvenes, familiares, de adultos y de tercera edad. Un servicio más adecuado y actualizado en la preparación religiosa. Más que un adoctrinamiento, la siembra de valores auténticamente humanos y cristianos, de criterios y actitudes que hacen del creyente, un ciudadano servidor y consecuentes con lo que dice profesar.

Por eso no debe extrañar el aumento de las vocaciones sacerdotales criollas, la consolidación y presencia activa de diversos servicios de la caridad, la opción preferencial por los pobres, la promoción y defensa de los derechos humanos, la actitud crítica y profética ante las realidades de cada día.

Cabimas, Barinas y Los Teques, celebran pues, su cincuentenario, no como un fuego artificial fatuo, sino como un momento agradecido para evaluar el pasado y el presente, y proyectar el exigente futuro. El rostro de la Iglesia venezolana hoy es otro: más humilde y realista, más próximo a las necesidades de la gente, sembrando alegría y esperanzas, compartiendo las situaciones festivas y los dolores producto de la profunda crisis que vive el país.

En ciernes están las solicitudes de creación de nuevas diócesis, en los llanos, en oriente y en la región central. Dios quiera y las podamos ver pronto para una mejor atención a regiones que no reciben atención integral ni por parte del Estado ni de la Iglesia. Con regocijo sereno, con humildad de medios y recursos, la Iglesia que peregrina en Venezuela se siente más comprometida con su pueblo, para que la fe en Jesucristo sea motor de entrega generosa para que brillen las virtudes que den frutos de paz, verdad y fraternidad. Hay que pasar de ser habitantes pasivos a actuar como ciudadanos responsables, con la alegría de ser pueblo de Dios que se echa al hombro la patria para que la revolución de la ternura aplaste el odio y la división, como nos lo señala el Papa Francisco.

30.- 12-7-15 (3659)

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