Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo..
El 23 de mayo es la fecha de beatificación del arzobispo mártir de San Salvador Oscar Arnulfo Romero, asesinado por odio a la fe, a causa de la defensa apasionada de los pobres y de la denuncia desgarrada que hizo contra los abusos del gobierno militar de su país. Las dictaduras latinoamericanas han sido fecundas en producir muertes absurdas, sin sentido, basadas en la defensa del poder a toda costa. Y entre esos miles de muertos, son también numerosos los que lo hicieron fundamentalmente por razones religiosas: dar cuenta de la vida del hermano.
“El ejemplo de santidad, caridad y compromiso pastoral han sido siempre reconocidos por la Iglesia y la sociedad en América Latina. Fue eminentemente un pastor y un profeta quien denunció las injusticias contra el pueblo pobre y terminó dando su vida por él como lo hizo Cristo por la humanidad”. Mons. Romero fue un hombre de pueblo, pastor de la Iglesia y testigo del resucitado. A lo largo de casi medio siglo, desde su muerte, ha sido faro de referencia en el compromiso de ser pastor con olor a oveja, dentro y fuera de nuestro continente.
Estudió en Roma en la Pontificia Universidad Gregoriana como alumno del Colegio Pio Latinoamericano. Allí tuvo como compañero a Mons. Domingo Roa Pérez, arzobispo de Maracaibo, quien lo visitó con frecuencia en aquellos duros años para expresarle su solidaridad fraterna, pues las amenazas que recibió fueron muchas y cristalizaron en aquel día en el que celebrando la eucaristía una bala cegó su vida.
La historia de la Iglesia en América Latina está plagada de ejemplos de entrega total de muchos de sus misioneros, obispos, sacerdotes, laicos, hombres y mujeres, que sintieron la vocación de entrega total al servicio de las comunidades indígenas, afros, mestizos y pobres. Su martirio no es sino un testimonio más en lo que el documento de Puebla afirmó: “es admirable y alentador comprobar el espíritu de sacrificio y abnegación con que muchos pastores ejercen su ministerio en servicio del Evangelio, sea en la predicación, sea en la celebración de los sacramentos o en la defensa de la dignidad humana, afrontando la soledad, el aislamiento, la incomprensión y, a veces, la persecución y la muerte” (668).
“La beatificación de Mons. Oscar Romero, además de ser alegría para nuestros pueblos, es una bendición para la Iglesia en América Latina. Damos gracias al Santo Padre Francisco por habernos concedido este hermoso regalo, con lo cual nos sentimos invitados a ser santos como el Señor lo es”. Santo Obispo Romero intercede por la paz y la justicia en nuestro continente. Amén.


