Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…
La escalada de violencia que vive el país traspasa los límites de lo imaginable. Al creciente número de muertes violentas que nos pone a la cabeza de tan funesto mal en el continente con más de 24.000 muertes violentas en el 2014, se suman las muertes ocasionadas por organismos de seguridad del Estado en ocasión de manifestaciones en contra del régimen. La reciente aprobación de una disposición que autoriza en determinadas ocasiones al uso de armas de fuego, -entiéndase con capacidad de matar-, ha prendido las alarmas pues se estima es una forma de criminalización de la protesta, de amedrentamiento y del uso “a discreción” de dichas armas en contra de la población. Aun en el caso de que se trate de reprimir acciones violentas por parte de los manifestantes, hay muchas maneras de disuadir sin necesidad del uso de armas letales.
La reciente muerte, mejor asesinato, del adolescente de 14 años en San Cristóbal, corroborada por los videos que contradicen la versión oficial, tiene que llamarnos a la reflexión como ciudadanos y como creyentes. No se trata de estar a favor o en contra del gobierno. Lo que está en juego es la vida humana, independientemente de sus inclinaciones o actuaciones. No es una cuestión política de filias o fobias, lo que está en el tapete es la primacía del ser humano que no puede ser reducido a una pieza más dentro del juego de intereses de quienes detentan el poder.
Estamos en crisis. Pero no es sólo económica, social o política. Es más grave: es una profunda crisis antropológica. Convertir a la persona, dotada de dignidad única, singular, irrepetible y titular de derechos humanos inalienables, en un átomo individualista, es devaluarlo todo. Los seres humanos no somos individuos (como las moscas) sino personas. La vida no se reduce a ser piezas de consumo económico o político. La revolución social será moral o no existirá decía Péguy. Como nos dice el Papa Francisco “molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, moleta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia” (EG 203).
Necesitamos hacer una lectura creyente para ver el contraste entre la vida y sus desafíos, la realidad y el mensaje del Evangelio. Sólo el dolor es condición de verdad. De ahí que la cercanía a las víctimas resulte insoslayable. Solo la cercanía efectiva y afectiva a las víctimas nos libera del secuestro de las ideologías. Nos pone en contacto con el hondón de lo humano y suscita en nosotros dos sentimientos morales que nos dignifican: la compasión que pone rostro al dolor y la indignación, sublevación interior que se exterioriza ante lo injusto evitable. Es un ejercicio de la caridad, tanto la oración como el trabajar por superar las injusticias. No nos dejemos robar ni la alegría, ni la esperanza. Trabajemos juntos por el bien común, senda indispensable para la convivencia y la solidaridad.


