La desigualdad crece

Por: Germán Rodríguez Bustamante…

Promover la prosperidad compartida es uno de los objetivos del Banco Mundial, junto con poner fin a la pobreza extrema. Con ese fin, trabaja para aumentar los ingresos y el bienestar del 40 % más pobre de la sociedad donde sea que se encuentre esta población, ya sea en las naciones más pobres o en países de ingreso mediano. El objetivo sobre la prosperidad compartida refleja el hecho de que a medida que los países en desarrollo hacen crecer sus economías y logran sacar de la pobreza a millones de personas, también pueden experimentar una creciente desigualdad. Hasta el presente, ningún país ha logrado alcanzar la categoría de ingreso mediano cuando sus niveles de desigualdad se mantienen elevados. La reducción de la desigualdad es importante en el presente para poder tener oportunidades y movilidad social en el futuro.

Si no se reduce considerablemente la falta de igualdad, sobre todo en los países con altas tasas de pobreza y desigualdad, el mundo no podrá cumplir el objetivo de poner fin a la pobreza extrema. Resulta preocupante el aumento de la pobreza extrema y la disminución de la prosperidad compartida provocados por la inflación, la depreciación de diversas monedas y las crisis generales en el ámbito del desarrollo. Esto supone un panorama sombrío para miles de millones de personas de todo el mundo. Es necesario introducir ajustes en las políticas macroeconómicas para mejorar la asignación del capital mundial, promover la estabilidad monetaria, reducir la inflación y reactivar el incremento de la mediana de los ingresos. La alternativa es la situación actual de: una desaceleración del crecimiento mundial, tasas de interés más elevadas, mayor aversión al riesgo y fragilidad en muchos países en desarrollo.

La disminución de los ingresos, la pérdida de puestos de trabajo y los paros laborales durante la pandemia fueron especialmente perjudiciales para los hogares pobres. Las mujeres, los jóvenes y los trabajadores informales y de bajos salarios, en particular aquellos que viven en zonas urbanas, se encontraban entre los más afectados. La desigualdad aumentó tanto dentro de los países como entre ellos, causando impactos a largo plazo en el acceso a las oportunidades y la movilidad social. Muchos países lamentablemente no han podido recuperar el terreno perdido, y las desigualdades internas se han profundizado.

La inflación inducida por el precio de los alimentos tiene un impacto particularmente devastador en las familias pobres. Una persona típica de un país de ingreso bajo gasta alrededor de dos tercios de sus recursos en alimentos, mientras que una persona típica de un país de ingreso alto gasta cerca de un 25 %. Con frecuencia, los gobiernos pueden mitigar el impacto del aumento de la inflación en las familias pobres a través de políticas de protección social. Sin embargo, a diferencia de períodos anteriores de inflación elevada de los precios de los alimentos, las finanzas públicas se han agotado debido a diversas medidas fiscales promulgadas a lo largo de la crisis de la pandemia. En el caso de las economías que aún se tambalean por la pandemia, las presiones inflacionarias no podrían haber llegado en peor momento y tristemente sostenerse.

El desplazamiento forzado es un desafío de desarrollo complejo que requiere que los países de acogida tengan acceso a datos sólidos, confiables y oportunos para poder responder de manera efectiva. Aunque el desplazamiento forzado afecta de manera desproporcionada a los países de ingresos bajos, donde vive casi el 75 % de los refugiados del mundo. Los datos destacan patrones clave en las características y los resultados socioeconómicos entre las poblaciones desplazadas y de acogida. Los hogares desplazados están sistemáticamente más desfavorecidos que las comunidades de acogida, aunque con diferencias entre los grupos de población y patrones locales característicos.

Los hogares desplazados están más desfavorecidos que sus contrapartes locales en casi todos los aspectos, incluida la propiedad de los activos domésticos y productivos, los resultados educativos de los niños y los resultados del mercado laboral. Esto se exacerba en los países de bajos ingresos y entre los refugiados que viven en campamentos. La pobreza monetaria no es una medida suficiente del bienestar de los refugiados, especialmente cuando las restricciones legales los privan de la movilidad y la oportunidad de trabajar. Se debe prestar más atención a la medición de indicadores que ayuden a comprender las restricciones más amplias que limitan la capacidad de los refugiados y el acceso a las oportunidades. Adicional al calvario que pueden padecer para intentar llegar al destino soñado. Desde robo, secuestro y tratos inhumanos los refugiados son vejados y maltratados haciendo a la migración una pesadilla

En el contexto venezolano la realidad no puede ser más cruel, internamente las condiciones de exterminio profundizaron las desigualdades, obligando a los ciudadanos a mantener un flujo migratorio constante, ante la fatal perspectiva de futuro. Quienes quedan dependen de las posibles remesas de los que se van, asumiendo responsabilidades de formación y educación. Adultos mayores que deberían contar con una seguridad social luego de años de trabajo, deben retomar labores de construcción familiar. Venezuela atraviesa una profunda crisis todavía no superada, la gran mayoría de su población pasa hambre. La pobreza ha crecido a niveles escandalosos, sin embargo, unos pocos han logrado sacar un inmenso provecho de estas crisis. Los enchufados y corruptos han visto crecer rápidamente su riqueza, y los beneficios han alcanzado niveles récord, haciendo que la desigualdad se dispare.

En un país tropical revolucionario: la riqueza acumulada en manos de una minoría de ultra conectados corruptos y la pobreza extrema arropa a todas las capas de la sociedad. En conclusión, la desigualdad se profundiza en Venezuela, la migración mantiene su horizonte y una elite sigue acumulando privilegios.   

Profesor ULA-FACES

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24-07-2023