Un principio, lo llamo así por la importancia que tiene, en la lectura y análisis de cualquier texto es: el libro no dice al lector lo que éste caprichosamente ambiciona escuchar. La lectura no es un simple soporte retórico para denigrar, mucho menos un pasatiempo chévere para condescender mediocridad. Ella, desde luego, suele movilizar todas las fuerzas humanas, intelectuales, morales, etc., de las que el lector es capaz.
El estudioso, (de ningún modo pretendo este título sólo para especialistas; mi mamá escribe y lee), halla en las palabras y en la fuerza significativa que encierran, un brío suficiente para sacar su espíritu de la indolencia a la que en ocasiones cede o se ve tentado a ceder. Por eso, “la determinación de la voluntad a leer y perseverar en ello”, de nuestra voluntad, es prioritaria al momento de combatir dicha indolencia, pues, de un lado, estimamos ser los aliados necesariamente fieles a la lectura, ya que, de otro lado, con ella forjamos el análisis teórico sustentado por ella misma de las cosas en ella bosquejadas; en otras palabras, leer determina la voluntad a saber no por “suerte”, (los griegos la denominaban tyché), ni por soberbia, (llamada por ellos hybris), sino por una “oportunidad propicia”, (la referían como Kairós), en la que un profundo significado de términos, proposiciones, argumentos, está centelleando en la inteligencia, y al exponerlo, como es “profundo significado”, no agoniza en la improvisación ni en el mediocre balbuceo de algunas frases.
Eludir al máximo, en cuanto llanamente nos lo propongamos, tal improvisación y mediocre balbuceo, significa la imperiosa necesidad de leer y evaluar cada párrafo de una obra según las pautas y enfoques seguidos por el escritor de la misma, y no en función de unos criterios, aunque modernos, pero plenamente inadecuados a las posibilidades de realización de un sensato repaso y de un reconocimiento ecuánime.
La lectura no es únicamente una exigencia o una posibilidad, sino asimismo una efectiva realidad y actividad del pensamiento.
Así, cuando aludo a “la determinación de la voluntad a leer y a perseverar en ello”, para nada presumo una lectura 24 horas sobre 24; esto es agotador y en cierto modo inhumano; al contrario, la determinación es la disposición libre de hacer coexistir el propio talento intelectual con la razonabilidad lógica de cuanto observamos en un período de tiempo concreto; esto es, la determinación lejos de algo tedioso el cual nos apaga el gusto por leer, más bien radica en el empeño ineludible de la realización del bien provocado por la lectura en nuestro espíritu.
En fin, la lectura es un esfuerzo incesante, por supuesto, propicio a nuestras limitaciones personales, al que, con la práctica pausada, paciente, pero asidua, vamos perfeccionando.
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
13-10-24



