¿Qué propósito tiene este tema? El de subrayar esta idea: la de una recíproca perfección. El artículo anterior esclarece, “con educación en busca del otro”; el quinto camino del Pacto Educativo Global, expresa: “abrirnos a la acogida”; y como no hay un pedido de “recíproca perfección” de una piedra a un maestro, sino de una persona humana a otra, por eso he encabezado: “la educación es el arte de abrirnos al otro”.
Cierto, todo ser humano se educa para sí propio, pero, sin dejar en absoluto todo para sí, también se educa para el otro. Un viviente humano, hombre o mujer, puede tener estas dos orientaciones, —la educación para sí, la educación para el otro—, porque lo esencial es ser un buen instructor; un instructor bueno ama su educación, no porque sea exclusivamente la suya, sino porque siendo la suya, sabe con claridad cuánto quiere entregar de ella para el otro.
¿Quién en el orden de la educación quiere tener la primacía sobre los demás? Quien soberbia e impensadamente exprese yo, quizás esté siendo un vil esclavo de su egolatría; en realidad tal actitud lo deja en este constante dilema: presumir ser una cosa sin la otra (las he denominado orientaciones).
Ahora bien, podría oírse esta otra solución: Quien se ciñe a purificar la propia ignorancia, sin deshumanizar su mente y corazón, les asegura a los otros que al hacerlo ni se engañan ni tampoco es un trabajo perdido.
De tal modo, el maestro, el profesor, no está formando un alumno extraño. Lo extraño es obligar a alguien a estudiar, a desempeñar, lo que sí le sea extraño a su vocación, a su personalidad, puesto que, de orientarlo, acompañarlo, para lo que desea, más bien trabaja contra él mismo (J.J. Rousseau, 1950, p. 46).
Sin duda, la educación es, ante todo, el arte de no ser un obstáculo para las nuevas generaciones. Su propósito es brindarles la fuerza pedagógica necesaria para que se preparen y asuman el rol que anhelan en la sociedad. Este arte fortalece su carácter, otorgándoles la sabiduría para desistir de esfuerzos estériles y la perseverancia para volver a intentar aquello que realmente vale la pena.
En fin, nosotros, inmersos en un proceso educativo desde el preescolar hasta la universidad, ¿no debemos la profundización del amor a la educación, teórica-práctica, a los que tuvieron los afanes, con silenciosos sacrificios y renuncias, de sabernos enseñar?; de ser aquellos que se abrieron a otros, es decir, ¿a nosotros?
Referencia:
Rousseau, J.J. Obras escogidas (J. Marchena, Trad.). Editorial EL ATENEO.
14-05-2026
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



