Abro este artículo rememorando la experiencia de Ana en el templo de Jerusalén, próxima a la mirada del sacerdote Elí: sus labios apenas se movían; oraba en voz baja.
La intención del título de ninguna manera sugiere que no tengamos nada que decir. Esto no es verdad.

Heidegger afirmó que preguntar es un arte; Einstein subrayó: «lo importante es no dejar de hacerse preguntas», y yo agrego: de hacerlas correctamente también.

A los niños, ya desde etapas tempranas, se les enseña a ir sabiendo formular preguntas, porque es un modo de mostrarles que son seres sociales; que todo hombre existe para otras personas.

Por supuesto, toda pregunta ha de ser escuchada, puesto que abre una cooperación amigable, beneficiosa e incluso indispensable para el sustento y la restauración de la tranquilidad. No lo sabemos todo.

Cierto, el arte de saber preguntar nos recuerda: cuando alguien es confrontado con una experiencia dolorosa que lo ha dejado sin argumentos, está madurando la mejor respuesta para el momento —no necesariamente verbal—; por ende, esta no le ha de ser impuesta. Nos conviene conservar siempre la esperanza del entendimiento.

Así, el título «La educación profundiza el arte de saber preguntar» refleja:

• Primero: que no debemos darle la espalda a la paz, labrada aun cuando pareciéramos verla rota;
• Segundo: que la enseñanza de tal arte nos ha impulsado a la defensa de la libertad de pensamiento y de expresión, pero en sintonía con el misterio de la belleza de la vida y el bien común; y
• Tercero: que mirar y comprender no es originariamente un don de la naturaleza, sino de Quien en lo escondido nos consuela y habla al corazón, para recordarnos que no estamos aquí solo por un breve período, sino para esforzarnos en dar en la misma medida, o más, de lo que hemos recibido y aún seguimos recibiendo.

Desde luego, hemos aprendido y todavía estamos profundizando en que, con el «arte de saber preguntar», nos tomamos a nosotros mismos y a los demás honestamente en serio.
Pidamos a Quien, como lo llamó Víctor Hugo, «el buen Dios es muy bueno», que, en estos momentos tan cruciales para Venezuela, tanto en las preguntas como en las respuestas, también le obsequiemos al sano humor el puesto y el tino que se merece. La dirección de nuestros esfuerzos y de nuestros juicios no busca erigir un «culto al héroe», sino la de no mostrarnos indiferentes cuando, aun en el sufrimiento, nos están recibiendo con tanta amabilidad; pues, la verdad, es que Dios no ha distribuido de manera desigual sus dones a sus hijos.

En fin, «el arte de saber preguntar» no es una molestia, sino aquel que, aun en los silencios profundos y en las lágrimas que en su duración se derraman, hace germinar la alegría de un verdadero consuelo.

16-07-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com