En ambas acciones del quehacer humano hay una unión intrínseca.
Aunque cuando leemos al instante no escribimos, la obra de nuestra redacción se efectúa cada vez que se realiza en el libro, en la revista, en la web, un solo acto: leer.
¿Escribir y leer son distintos? En el espíritu humano son distintos y, a la vez, en él los dos forman “el mismo” acto. En este sentido, la distinción les une y les separa.
Podemos preguntar: ¿Cuál ha dado comienzo al otro? ¿Cuál ha sido el más rudimentario sonido articulado del ser humano? ¿Imitó el ruido de los animales, del agua, de las ramas de los árboles movidas por el viento o de este último? ¿Ha imitado reiteradamente hasta verse en la capacidad de representar los más rudimentarios signos? Todo tuvo un significado ante el hombre y su inteligencia. La representación que en principio logró hacer seguramente fue transformándola en palabra, en obras rupestres, para lo cual fue totalmente necesaria la incumbencia de una realidad fundante tocada de sentido (ver el tema de Dios como fundamento fundamentante en X. Zubiri).
Lo más inmediato a la mente humana fue la abnegación de su inteligencia para fraguar comparaciones. Por ella el hombre observó algo fundado y fielmente estructurado. Esta estructura le proporcionó los medios apropiados a su visión inteligente, y con ellos fue estableciendo, además de sus diferencias esenciales entre ellos, cómo se ordenaban, el uno al otro, para que en esa visión inteligente cada uno a su manera manifestara su contribución a la formación de un único signo.
Antes de este es seguro que, con ese modo de lectura por el cual todo ser humano lee y se maravilla con los efectos de la naturaleza, con exclusivas imágenes tomadas de entre ella, asimismo es inevitable al espíritu humano que, de ese testimonio de los sentidos fraguado inteligiblemente en su inteligencia, por la provocadora admiración, por su repetición, no haya en absoluto querido dejarlo pasar sin al menos haber dejado la más elemental manifestación de sentido (X. Zubiri).
Con lo escrito en los párrafos de este artículo deseo indicar, aunque muy personalmente, que las formas vistas y simbolizadas rupestremente han sido confeccionadas mediante dos actos, petroglifar y pictogramar, que en la mente humana han concurrido en una unidad que los fusiona en la abnegación y actividad operante, pero que, a la vez, por el carácter de la visión cual lectura del medio, este tiene precedencia en relación al signo escrito.
En fin, con el título, «la escritura está en la lectura» y en los párrafos que lo han explicitado, he buscado precisar la idea de que toda producción escrita nace de un acto previo de lectura del mundo.
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. El día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, hasta los límites del orbe sus palabras» (Salmo 19, 2-5).
01-10-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com


