16.4 C
Merida
viernes, enero 23, 2026

«La esperanza del mundo»…

Por: Fernando Luis Egaña…

Al señor Maduro le está dando por decir, o más bien repetir de su predecesor, que Venezuela es la esperanza del mundo. No dice, o repite, que es una esperanza, sino que es la esperanza… Y en realidad, para que Venezuela volviera a ser una esperanza, no digo para el mundo sino para los propios venezolanos, tendría que superarse la hegemonía despótica y corrupta que el señor Maduro encabeza. En sana lógica, no hay otra.

Y no la hay, porque esa hegemonía se está encargando de destruir al país hasta los cimientos, y así no hay posibilidad alguna de esperanza. Al menos no para la abrumadora mayoría de la población, agobiada de las colas, la escasez, la carestía, las penurias y la inseguridad. Otra cosa es la nomenklatura de la hegemonía, enriquecida al tenor de las mafias rusas, porque entre éstas y la boliburguersía o boliplutocracia, las diferencias son sólo idiomáticas.

No. Venezuela no es una esperanza para el mundo. Sólo quizá para la llamada izquierda caviar, que tanto provecho le ha sacado al fisco nacional y, desde luego, para los regímenes clientelares, uno de los cuales, además, también es la neo-metrópoli colonial. Se entiende, entonces, que para los hermanos Castro Ruz, Venezuela sí sea una esperanza o una golilla, pero el mundo es algo más que ellos y su tiranía dinástica.

¿Cómo Venezuela puede ser una esperanza política, si la democracia ha sido desmantelada y en su lugar se ha montado una jaula institucional? ¿Cómo puede ser una esperanza económica, si su economía productiva ha sido devastada y sólo prospera la delincuencia organizada? ¿Cómo puede ser una esperanza social si tiene uno de los niveles salariales más bajos del mundo, y uno de los índices de violencia más altos, también del mundo entero?

¿Cómo un país que padece semejante crisis, una verdadera mega-crisis, puede ser una esperanza legítima para nadie? Pero todo ello no significa que Venezuela sí pudiera transformase en una nación soberana, libre, pujante y democrática; que pudiera, en pocas palabras, ser de nuevo una esperanza para sí y más allá.

Posibilidades que pasan, inexorablemente, por un cambio sustancial, un cambio de fondo, que suponga, para empezar el que logre recuperarse la vigencia de la Constitución, tan duramente pisoteada por la jefatura del poder establecido. Venezuela no tiene por qué ser la esperanza del mundo, y mucho menos lo es en sus trágicas condiciones. Pero Venezuela sí tiene que convertirse en una esperanza para los venezolanos.

flegana@gmail.com

Fonprula
Hotel Mistafi