La premisa es: buscarla aun contradiciéndola.
Esto parece escandaloso. Pero, el que confía, incluso sólo en sí mismo, no teme si quiera protestar cuando alguien dice algo destructivo. La mayor parte de los ateos, sin exageración, esperan un mundo mejor.
¿Negando la fe, colaboran en ello? Y, tal vez, por lo menos en su mero cerebro se interpelarán: ¿todavía negándola, el Bien nos necesita? Lo sostienen al cuestionar y cooperar en el despido de una convicción tediosa y cómoda. También lo mantienen al reconocer el provecho de una vida magnífica en comparación con otros. No únicamente rebaten las creencias o algún concepto sobre la existencia de Dios, asimismo regalan dicha a otras personas. Y, considero personalmente, eso no les sucede de modo automático.
Vuelvo a la primera pregunta planteada. A Dios que, no aniquila a nadie incluso cuando lo insultan con indiferencia, tampoco lesiona a ninguno, muchos le sirven, sin observarlo, de interlocutores, cuando lo hecho y dicho por ellos a otros les vale para “saber amar” sin ningún tipo de restricción.
Esto sorprende, y algunos lo reconocemos contemplando la belleza de tal acción; otros, no obstante, aunque no la contemplen, sin embargo, no evitan que al menos su capacidad de imaginación les produzca cierta interrogación. Al respecto esta pregunta y su resolución es explícita: «¿Se le ocurre a Dios alguna otra cosa después que nosotros hemos frustrado todas nuestras posibilidades en esta vida? Sí» (Martini, Carlo M. – Sporschill, Georg, 2008, 30).
Desde luego, Dios no convierte a nadie de una forma violenta. Ninguno puede hacer ateo a Dios y, sin embargo, la limitada inteligencia siempre busca “algo mejor” inconfundible con algunas otras cosas. Ella piensa en amplitud, y por eso continuamente requiere, incluso un concepto, ni aun momentáneamente, inseguro. Un ateo parece no temerle al misterio; a simple vista da la impresión de que lo examina con diligencia, y con tal examen quizá demuestra que no haya “algo recóndito” fabricado; al contrario, “fuerte” para sujetar sus cuestionamientos, pues quiéralo o no reconocerlo, aun le sigue dando que pensar.
El título de este apartado señala, “la fe es algo que el ateo no debe limitarse a esperar”. Comprendido él en tal búsqueda en parte elude la exactitud del método científico. Dios no colapsa inclusive ante sus más acérrimas interpelaciones o pruebas. Ahora, si ve a Dios en ellas cual siempre “objetivo utilitario” (Martini, Carlo M. – Sporschill, Georg, 2008, 38) de la razón, erige un muro que impide la fortaleza para querer ver en las debilidades, aun en las específicas del ateo o el creyente, inspiraciones para fortalecer esclarecimientos más sólidos que posibiliten no subrayar: ¡ya está bien! No se tiene más nada que añadir.
En fin, ¿quién no anhela desatar a hombres y mujeres de sus miedos, impedir agresiones, suprimir injusticias entre pobres y ricos, socorrer al inocente de las pérfidas maquinaciones del malévolo? Entonces, la búsqueda por la cual se va hacia lo mejor inevitablemente requiere el hecho de tener “más que añadir”.
Bibliografía:
Martini, Carlo M. – Sporschill, Georg, Coloquios nocturnos en Jerusalén, ed. Roberto Heraldo Bernet, SAN PABLO, Madrid, 2008.
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
30-12-24



