La felicidad de pocos es la desgracia de muchos

Por: German Rodríguez Bustamante…

Luego de pasar el temblor el panorama es desolador, la esperanza se esfuma, tristemente la posibilidad de encontrar personas con vida es mínima. Lo que sí es evidente es la destrucción, que deriva en un reto inmenso para la reconstrucción de las zonas destruidas. Es difícil creer que quienes propiciaron el desastre, tengan capacidad para recomponer algo. Las condiciones socioeconómicas previas y la violacion de normas constructivas potenciaron el impacto de los terremotos. La desigualdad en todos los órdenes existentes en venezuela, ejecutada como política de Estado, se manifiesta cuando el poder y las decisiones públicas benefician mayoritariamente a las élites. Esto genera una desigualdad en la felicidad, donde la exclusión y la falta de oportunidades de movilidad social reducen el bienestar general, concentrando el goce y la satisfacción vital en unos pocos.

La realidad es cruel, la felicidad que narra Trump no es percibida por los venezolanos y mucho menos es disfrutada por las grandes mayorías. En concreto, en los países con mayores niveles de desigualdad estructural como Venezuela, se presenta un promedio de bienestar subjetivo más bajo. La concentración de recursos se traduce en infelicidad y frustración para los sectores marginados, la felicidad no es una declaratoria, es un estado de bienestar colectivo, condición inexistente en el país en este momento. La obediencia de la coalición en el poder, con la administración americana para extraer y comercializar petróleo, no es garantía de felicidad general, los recursos producidos por la actividad pueden mejorar la economía, pero lamentablemente por la estructura deformada existente, esos ingresos no llegan a los ciudadanos.

La mejora marginal de ingresos petroleros no serán suficientes para corregir años de abandono de: hospitales, escuelas, servicios y vías. El país en los últimos 12 años, atraviesa una situación de extrema emergencia humanitaria y profunda reconfiguración política, marcada hoy por una catástrofe natural reciente y un cambio drástico en el poder ejecutivo. Antes del 03 de enero, Venezuela ya arrastraba una severa vulnerabilidad en sus servicios, finanzas e infraestructura básica. El sistema sanitario operaba en condiciones de extrema precariedad, con una escasez crónica de médicos provocada por la emigración masiva, además de una falta generalizada de insumos básicos y equipos operativos. Los apagones diarios y el racionamiento de agua potable ya formaban parte de la rutina de la mayor parte de la población, limitando severamente la capacidad de respuesta de los hogares y centros asistenciales. Cerca del 90% de la población vivía en condiciones de pobreza, con un salario mínimo legal de apenas 30 centavos de dólar al mes. Esto obligaba a la mayoría a depender de remesas del exterior o bonos estatales. En este contexto ocurre el doble terremoto, que pone a prueba la estructura dejándola en total incapacidad.

A pesar de un leve alivio en el flujo de divisas, por la flexibilización de sanciones y la reactivación de la producción de crudo con inversores extranjeros, la capacidad fiscal del Estado sigue estando debilitada para atender emergencias. Los presupuestos gubernamentales destinados a la prevención de riesgos y refuerzo de estructuras antiguas, fueron prácticamente nulos durante la última década debido al desvío de prioridades financieras. Esta acumulación de precariedades institucionales y sociales es la razón para afirmar, que el impacto destructivo del sismo se multiplicó exponencialmente, convirtiendo el desastre natural en una catástrofe humana sin precedentes. Estas realidades no son narrativas, son las consecuencias de políticas públicas deficientes, instituciones politizadas y estructura profundamente corrupta. En este entorno es difícil hablar de felicidad colectiva.

ACNUR y OIM señalan que existen cerca de 16.000 ciudadanos han tenido que buscar un refugio o lugar alternativo para vivir y 6,76 millones de personas pudieron haber sufrido alguna afectación producto del desastre. Por otro lado, imágenes de la NASA estiman que más de 58.000 edificaciones, presentan daños o están destruidas. Estas cifras son concluyentes que no pueden ser ocultadas por la narrativa oficial. Lo único que existe es la resiliencia comunitaria y las redes de apoyo mutuo, como las plataformas de voluntariado e iglesias que coordinan ayuda directa, que se han convertido en el único soporte real para el bienestar emocional y la supervivencia de estas minorías. Lejos de las narrativas oficiales de estabilidad o alegría generalizada. Un poco de sadismo existe al hablar de felicidad nacional, cuando parte del territorio sobrevive en condiciones inhumanas, bajo el control de la estructura represiva del estado. Funcionarios que observan a ciudadanos desesperados buscando sobrevivientes y fallecidos, sin participar directamente en la tarea, simples observadores insensibles al dolor. Triste papel de la otrora gloriosa fuerza armada.

Trump y los Rodríguez alinean sus intereses, económicos para unos y políticos para otros, un pragmatismo completamente desconectado de la crisis humanitaria que vive la población civil en el terreno. El mandatario estadounidense celebra haber logrado una negociación favorable mediante la presión económica y militar, permitiendo el acceso directo para las corporaciones americanas, a los recursos energéticos venezolanos. La narrativa de felicidad justifica ante su propio electorado, su estrategia de política exterior basada en pactos macroeconómicos y reactivación petrolera. La obediencia genera esquemas de ganancias compartidas, para una inyección de oxígeno fiscal indispensable en medio de la quiebra del Estado. Los acuerdos directos le otorgan a la coalición en el poder, un reconocimiento internacional de facto, permitiéndoles desplazar la atención de las demandas de la oposición local.

En conclusión, estos discursos ignoran la catástrofe humana provocada por los terremotos y el colapso estructural previo. La verdadera supervivencia y el bienestar de los ciudadanos no dependen de estos pactos políticos, sino de las redes vecinales de apoyo mutuo y el voluntariado independiente.

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06-07-2026