Por: Luis Alfonso Sandia Rondón[1]

En el refranero popular venezolano se usa la frase “¿y cómo sabes que La Guaira es lejos?” como una picardía para delatar a quien habla de lo que supuestamente no ha vivido, o para marcar una distancia que, en realidad, siempre se puede acortar con una escapada de fin de semana desde Caracas hasta ese cercano y atractivo paisaje costero de sol y de playa. Hoy, tras el doloroso doblete sísmico del pasado 24 de junio de 2026, la frase cobra un significado completamente distinto, profundo y conmovedor: ¡La Guaira no está lejos!

La Guaira duele en el pecho, porque la distancia entre el litoral central y el resto de Venezuela se disolvió en un segundo cuando la tierra tembló. Ahora y para siempre, La Guaira está en el alma venezolana y en el corazón de la humanidad que sufre con ella en tiempos de desolación, pero que se aferra esperanzada a la resiliencia del país para sobreponerse y recuperar la alegría y el esplendor de siempre.

El terremoto desnudó una realidad que se ha advertido desde hace décadas: la amenaza sísmica en Venezuela, así como la hidroclimática, es real, pero el verdadero desastre lo determina la vulnerabilidad.

La Guaira ha tenido  sismos de gran magnitud por la presencia de fallas geológicas activas en el eje andino-costero del país, pero también ha sido afectada por eventos hidroclimáticos extremos como el de 1999. Sin embargo, las amenazas sísmicas y climáticas no son una sentencia definitiva para la ocurrencia de desastres. Los desastres no son naturales, sino el producto de la combinación de altos niveles de amenazas naturales, tecnológicas o antrópicas, junto a una frágil exposición de la población y de la infraestructura con altos niveles de vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad puede controlarse a través de responsables procesos de ocupación del territorio y de medidas administrativas y de obras civiles capaces de resistir los efectos adversos de esas amenazas.  Lo más peligroso no es el sismo, sino el colapso de estructuras construidas sin capacidad de resistir y de proteger a las personas.

En La Guaira, mientras las réplicas aún se sentían, la reacción del venezolano fue abrumadora. No hubo que esperar directrices para ver a cientos de voluntarios civiles moviendo escombros con el fin de salvar vidas  entre el amasijo de edificios derrumbados. En cada pueblo del país y en cada nación, los venezolanos organizaron centros de ayuda para los afectados. Desde Bailadores llegaron arepas andinas y desde otras partes llegaron insumos médicos especializados; el país se hizo presente con sus manos  y  sus oraciones.  El abrazo del mundo llegó también con expertos en búsqueda y rescate, bomberos  y socorristas, junto a una gran cantidad de insumos.

Luego de la emergencia empieza el mayor desafío: la reconstrucción, que debe hacerse superando la vulnerabilidad presente en esta tragedia. Las lecciones aprendidas deben plasmarse en el terreno, devolviéndole a La Guaira un proyecto de desarrollo integral, ambiental y sostenible propio de los tiempos modernos. Esto es  una posibilidad real y una obligación moral, luego de las tragedias  por aludes torrenciales de 1999 y por sismos de 2026; las dos más grandes del país en toda su historia.

La reconstrucción debe alinearse con los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), involucrando la planificación y la ordenación del territorio,  los sistemas estrictos de construcción y fiscalización y el impulso de una economía sostenible. Reconstruir La Guaira con criterios de resiliencia no es un sueño utópico; es un plan de acción viable si se une el país con el conocimiento técnico y científico, y la decidida voluntad de hacer las cosas bien, con eficiencia, transparencia y apostando por el bien común.

Y cuando se vuelva a preguntar: ¿Y cómo sabes que La Guaira es lejos?, sabremos que no es lejos, porque allí estaremos todos, limpiando cada playa, levantando cada bloque, plantando cada árbol y diseñando cada parque, cada plaza, cada edificio, cada escuela; dibujando juntos en el territorio el futuro seguro y moderno que el litoral central merece. La Guaira no está lejos, está en el corazón de una Venezuela que se niega a rendirse y que sabe cómo renacer desde los escombros, el lodo y las cenizas.

Mérida, 4 de julio de 2026.

[1] Geógrafo, Doctor en Ciencias Naturales. Profesor titular de la Universidad de Los Andes.