La Hallaca y la resiliencia de un pueblo

En la vasta y compleja cartografía del exilio y la diáspora, hay símbolos que trascienden su materialidad para convertirse en emblemas de resistencia, memoria y pertenencia. Para el venezolano, dentro y fuera de sus fronteras, ese símbolo, cargado de historia, trabajo colectivo y sabor, es la hallaca.

No es solo un plato, es un acto de rebeldía creativa. Su elaboración es un ritual que desafía la lógica de la escasez, un ejercicio alquímico donde, con ingenio y tesón, se transforman ingredientes humildes o dispersos en una obra maestra de la culinaria. La hoja de plátano, el guiso pacientemente guisado, la masa de maíz sazonada, se convierten en un paquete cerrado que guarda algo más que comida, guarda la esencia de un hogar que persiste, contra viento y marea.

Hoy, millones de venezolanos esparcidos por el globo llevan consigo esta irreverencia en forma de tradición. En Madrid, Miami, Lima o Santiago, la preparación de las hallacas en diciembre se transforma en un acto de valentía comunitaria. Es el esfuerzo por recrear un pedazo de la geografía emocional dejada atrás. Reunirse para “hacer hallacas” en tierra ajena no es solo nostalgia; es un acto de resiliencia militante, es afirmar: “Aquí estamos, fracturados pero no rotos, reinventándonos sin olvidar lo que somos”.

Esa misma resiliencia es la que ha caracterizado el día a día dentro del país, frente a adversidades monumentales. Salir adelante en medio de una crisis prolongada ha requerido una dosis cotidiana de coraje; la valentía del que hace colas interminables con esperanza, del que emprende con lo mínimo, del profesional que ejerce por pasión más que por remuneración, de la familia que teje redes de solidaridad para sostener a los suyos. Es la capacidad de encontrar luz en la penumbra, de inventar soluciones donde parece no haberlas, de mantener la dignidad intacta cuando todo conspira en contra.

La hallaca es, por tanto, la metáfora perfecta de este pueblo. Como el venezolano, la hallaca es un compendio de diversidad (sus ingredientes varían, se adaptan). Como el venezolano, es fuerte por fuera (la hoja que la contiene) y compleja, sabrosa y única por dentro (su guiso). Y como el venezolano en el mundo, viaja bien empacada, lista para compartir su riqueza en cualquier mesa que la acoja.

Desde Comunicación Continua hacemos un reconocimiento a ese esfuerzo silencioso y monumental. A los que luchan dentro, reconstruyendo el país desde lo micro, con una tenacidad que no claudica. Y a los que, desde la diáspora, convierten la añoranza en acción y mantienen viva la llama de una identidad que no se rinde.

La hallaca que se prepara en un apartamento en Bogotá o en una cocina comunitaria en Ciudad Panamá es más que un manjar navideño. Es un manifiesto y un recordatorio de que, aunque la patria duela, su esencia permanece intacta en las manos que amasan, en los recuerdos que se comparten y en el sabor inquebrantable de la perseverancia.

Porque la verdadera crisis no podría con el espíritu de un pueblo que sabe convertir la lucha en un banquete, y el exilio, en un nuevo lugar para plantar sus raíces y, sí, seguir haciendo hallacas. Esa es nuestra irreverencia. Esa es nuestra fortaleza.

Redacción C.C.

23-12-2025