Este artículo está inspirado en el último objetivo, el séptimo, del Pacto Educativo Global: Cuidar la casa común. Aunque el concepto, casa común, es antiguo se actualizó con énfasis en el 2015, año en el cual el papa Francisco publicó la encíclica Laudato Si, cuyo subtítulo es: “Sobre el cuidado de la casa común”.
Ciertamente, antes del cálculo de cantidades mensurables, el hombre ha contado con el planeta tierra que le ha sido donado.
De él no extrae lo necesario y justo para su vida solamente al azar; ha demostrado experimentalmente, —de ahí la importancia de la escuela, el taller—, que la energía de algunos elementos, la policromía, la monocromía, el efecto fotoeléctrico, son todavía más grandes que la porción percibida por el ojo humano.
La interacción recoge fines analíticos (examinación) y prácticos (aplicación), y esta complementariedad, “fines analíticos y prácticos”, acentúa que el maestro, el instructor de algún taller, desvela teórica y prácticamente la actuación recíproca del alumno con los materiales que el entorno tiene, y al mismo tiempo le aclara que la cualidad de la acción mutua puede variar según las variedades de aquellos.
En realidad, ni el Creador (ÉL ha obsequiado todo el universo), ni el maestro, ni el profesor, ni el instructor de algún taller, incluso el menos asiduo a lo espiritual, le ha exigido al estudiante obtener del vacío el sustento esencial con el propósito de conseguir la elaboración y los resultados de la denominada actuación recíproca.
De hecho, el último objetivo del Pacto Educativo Global subraya la virtud de la “sobriedad”. A ella no la adscribimos como un sustrato alternativo a la condición humana, pues los bienes provistos en la casa común proporcionan lo imprescindible para vivir con dignidad no momentáneamente.
Es prioritario comprender, enseñar en las escuelas, los talleres, las universidades, que muchos recursos naturales, selvas, bosques, ríos, océanos, tierras, alterados sin escrúpulos por la explotación avara, irracional, difícilmente volverán a su estado original. En consecuencia, a la hora de beneficiarse de la naturaleza, el hombre ha de tener suficientemente claro que la virtud de la sobriedad, su cabal propiedad, posee una intensidad invariable: preferir el auge mutuo sobre el exceso individual.
De hecho, con el oficio aprendido, el alumno llega a ser no solo un precursor de la interacción con el ambiente, sino también un intermediario cuya misión demuestra que los materiales de reciclaje, en lugar de convertirlos en componentes destructivos del entorno local y global, puede transformarlos en elementos útiles para una relación armónica natural.
Esta dinámica requiere no una energía cuantizada discreta, sino una reducción consciente del consumo innecesario de productos, y una apreciación de la sobriedad no cual complejidad abstracta e irrealizable, sino como el fundamento práctico para salvaguardar nuestra casa común.
En conclusión, enlazo estos párrafos a estas frases del Papa León XIV en su Carta Encíclica Magnifica Humanitas:
“[…] mientras algunos persiguen la quimera de una autoafirmación ilimitada, muchos carecen de lo necesario. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el verdadero progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos” (2026, n. 12).
Referencia:
León XIV. (15 de mayo de 2026). Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
18-06-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



