¿A qué llamo evolución espiritual? A una identidad íntima no evidente, porque, aunque escondido el progreso del espíritu, lo llamo también “alma” en el sentido de inmortalidad, evidentemente no calculable; quien en realidad afirma esta afirmación, no calculable, sostiene de él mismo que el instante de cerrar temporalmente el progreso del espíritu no ha llegado.

Por ende, el ser humano demuestra ser buen amo de su evolución espiritual cuando practica la lectura, de la Biblia en primer lugar, textos de espiritualidad, de ciencia, de moral, de educación; así evita fraguarla de modo inconstante, confuso, como si de su boca y labios saliese un tropel de palabras y frases incoherentes.

Por supuesto, en la lectura el espíritu calla la distracción y busca a toda costa permanecer despierto a la pronunciación del significado de cada palabra y frase. En variadas ocasiones ha de vencer el desánimo que lo irrita y lo apura al abandono de cuanto está interpretando.

Por eso, la indicación “la lectura es decisiva para la evolución espiritual del ser humano”, subraya que las palabras y frases emitidas no parezcan ser lanzadas al azar ante él, pues parecerían estar y salir de él como un espasmo repentino. El hombre, incluso el niño, el adolescente, es capaz de asumir un dominio de la lectura, ya que en tal dominio la comprende perfectamente con el objeto de dominar cuanto va a responder; o sea, su espíritu nutrido en ella evita conformarse con esta actitud: eso es lo que quería decir, y no sabía cómo, no sé explicarme.

Sin duda, hay lecturas cuyas palabras al leerlas pueden distraer y perder al espíritu humano —estos inconvenientes, distracción y perdición, son temporalmente definidos y no indefinidos, esto es, corregibles—; otras, la mayoría de las lecturas, ayudan al espíritu humano para su solemnidad formativa, porque, primero, los instantes en su dicción son solemnes en educación, y, segundo, porque sobre las lecturas inadecuadas y sus consecuencias de distracción y perdición, a sus lectores estas otras lecturas, con atinada solemnidad, les invitan a comedirse y les interpelan si persisten en dejar que palabras roídas les definan la auténtica dignidad del mismo.

Naturalmente, con la lectura la naturaleza del espíritu humano evita convertirse en la de un “sabelotodo” encapsulado en angostas ideas, para que en el contacto con la sociedad no concluya haciéndose presidiario de una limitada arrogancia.

En fin, la lectura no forja murmullos de mal agüero que crecen y se prolongan mucho tiempo; al contrario, da fuerza a la evolución espiritual del hombre hacia un perfeccionamiento no acabado, sino abierto; colocado, no en el lugar de los espectadores privilegiados, sino en la realidad de su entorno vital a la cual, gracias a la práctica de la lectura, despierta su creatividad para sacar de ella beneficios en favor propio y de su prójimo.

30-07-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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