No exagero al afirmar que en nuestra vida desarrollamos un aprendizaje prolongado. Para este, la lectura es en principio un recurso sobreañadido, pues en este momento tiene un mal pronóstico: aburrimiento, abandono y obligación.
El aburrimiento, que podríamos llamar un trastorno emocional agudizado frente a la página o las páginas por leer, provoca flojera y la pérdida del apetito por hacer con espontaneidad algo (la lectura) que, al practicarla, no perjudica al cerebro; al contrario, estimula aún más su capacidad innovadora.
El aburrimiento, aunque no es el abandono, sin embargo, lo genera. La fuerza del aburrimiento al leer impone este estilo: la apatía. «Todo vale» con tal de intentar una y otra evasión. O sea, el abandono significa no el esfuerzo personal por comprender esta o estas páginas, sino el apresuramiento en prescindir de él. Incluso, para una gran mayoría, este proceder es recurrente: como no hay imágenes ni figuras en las páginas, estas les alejan la atención. No obstante, esta postura en reiteradas ocasiones no pasa de ser una aburrida mediocridad.
El aburrimiento y el abandono llevan a esta otra acción: la obligación. De ella ofrezco dos explicaciones:
- a) Para el logro del gusto por la lectura ha habido una imprescindible obligatoriedad —normal, aunque fuerte— en la familia, la escuela, el liceo y la universidad. La obligatoriedad en estas instituciones radica en que en ellas el padre, la madre, el maestro o el profesor exigen al niño, al adolescente o al joven acostumbrarse a la práctica de la silabación de las palabras, y después a leer y a releer con más atención un objetivo de alguna asignatura, un capítulo de algún libro: Castellano y Literatura, Biología, problemarios de Matemática, Física, Química, Historia Nacional, Universal, Geografía… Pues, de no solicitarlo —por exigencia u obligación—, la pureza del arte de leer y repasar no estaría al servicio del estudiante mismo. Esto al principio lo he dejado bastante transparente: «en nuestra vida desarrollamos un aprendizaje prolongado». Y,
- b) Por supuesto, la exageración en la obligatoriedad de la lectura, así como los métodos rígidos y anacrónicos empleados, hace que esta acabe por devorarse a sí misma. El eje conductor del sentido del arte de leer y saberlo hacer tal vez concluye dando lugar al puro humor, a la ironía o al desparpajo. Desde luego, no todo argumento a estudiar leyéndolo y releyéndolo es igual en brevedad y claridad; la transferencia de significado en el desarrollo de los mismos de un párrafo a otro (en fragmentos discursivos) nos impele a recomponer la solución lógica, lingüística, la explicación o el discurso. Puedo esclarecer esto con el siguiente ejemplo: hay esculturas en un determinado paisaje —Murales y relieves en el Parque del Este, Caracas (Víctor Valera) o Storm King Wavefield (Maya Lin)— que se confunden con él; hay microsoluciones lógicas, microexplicaciones o microdiscursos acerca de un tema que el autor ha dejado dentro de un no demasiado claro gran relato (capítulo o libro). En tal óptica, la obligatoriedad, la obligación de leer, nos ha ejercitado para verlos realmente donde parecieran estar totalmente ausentes.
27-08-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



