La liturgia del fútbol

En una cotidianidad atribulada por las urgencias, los compromisos o las responsabilidades, el fútbol sigue siendo uno de esos bálsamos a los cuales una parte importante de la sociedad acude con regularidad. Porque se trata de algo más que los resultados. Se trata de convivir en ese espacio físico y espiritual que representan las canchas, donde los estratos sociales y las diferencias políticas o religiosas se dan la mano sin problema al menos por 90 minutos. Donde el padre le transmite al hijo la historia de su club, con sus pergaminos y con sus horas bajas. Dónde una cerveza, una gaseosa y un aperitivo se imponen sobre cualquier otro menú.

Puede sonar a frase hecha pero cabe preguntarse ¿a qué se asiste a un estadio de fútbol?. Las respuestas abundarán pero quizás se esté perdiendo su sentido primigenio, el encuentro de diferentes formas de ver la vida en buena lid. ¿Cuántas familias deciden abortar su plan de asistir a las tribunas por miedo a confrontaciones verbales y físicas en las que nada tienen que ver?.

Revisar con detalle la plantilla del equipo que se enfrentará en la próxima fecha. Observar el récord ante ese equipo. Contar los puntos conseguidos en la tabla de clasificación. Valorar la posible presencia de algún buen jugador durante el partido. Ubicar a aquel amigo que tiene mucho tiempo sin acercarse al estadio. Comprar las entradas con anticipación. Observar con detenimiento a esas personas de 70 años o más que se presentan el día del juego con históricas camisetas y trapos a pesar de las inclemencias del clima. El fútbol es una liturgia.

Hay mucho por hacer en la industria del fútbol  para impedir que el espectáculo se convierta definitivamente en territorio hostil. La violencia es un penoso autogol.

 Luis Alberto Morales

06 de mayo de 2026