La magia de la cotidianidad

La magia de la cotidianidad es un concepto de la profesora Avril Bastidas De Franca (2020) en un diálogo abierto con este servidor. Esta persona me explanaba las maravillas del mundo de los mortales, lo inspirador de las labores de un hogar, de la gratitud en lo mucho y en lo poco, de la sencillez de la vida en los campos, de la tradición oral de los pueblos, del intercambio entre seres vivos y su naturaleza. Alegaba que todo esto lo hemos perdido producto de nuestro sesgo sobre las concepciones existencialistas de la vida, y hoy no tenemos ni “día a día ni propósito para el día”. Para ella, soy alguien que debe recuperar esa magia de la cotidianidad, aunque es una fiel admiradora (tal vez la única) de mis planteamientos sobre la convivencia inteligente en el mundo.

Me explicaba que no todo se reduce a lo que nuestros ojos pueden ver o nuestros sentidos percibir en esta época de pandemia pues hay una cruda y terca realidad en frente de nuestra narices. Yo asentía y pensaba que en efecto estamos viviendo una realidad sin tener conciencia de esta, sin pensar en el yo, en el otro y en lo otro. Vivimos en automático, muchas personas y pueblos viven sin preguntarse cuál es el sentido de su existencia ya que han abandonado la convivencia con sentido para abrazar el intercambio de banalidades. En esta pandemia debemos recuperar la magia de la cotidianidad, esa que nos lleva a tener amor por el detalle, por lo común, por lo cotidiano, por lo simple, por lo hermoso, por lo trascendente, esa que nos obliga a preguntarnos qué significa estar con nosotros mismos, con los demás y con el entorno.

Un ejemplo de esta pérdida de la cotidianidad es que antes de la pandemia habíamos tercerizado la convivencia. Se convive en el contacto piel con piel, no en las redes. En estas útiles plataformas sociales solo intercambiamos información y, aunque ontológicamente pudiera decirse que la red representa un tipo de realidad, yo les refutaría y diría que prefiero ver y abrazar a mí hermana en Mérida, una vez al mes, que hablar con mi hermana por video llamadas todos los días, quien actualmente vive en Buenos Aires mientras yo sobrevivo en Mérida.

Hay un submundo detrás de los que nuestros sentidos racionalistas pueden ver. La realidad nunca se disfrazó de realidad, siempre estuvo con sus ropajes, finos o harapientos, pero, decidimos construir máscaras para obviarla. No solo obviamos lo maravilloso del día a día, cosa que estamos redescubriendo con la pandemia, también obviamos lo maravilloso que es tener un propósito existencialista; sin mencionar que el mundo ha estado obviado al que más sufre, al hambriento, al desposeído. Hoy, ignorada por la humanidad, esa realidad quiere tomar el poder y desempeñar un papel protagónico en nuestras vidas. Yo la llamo la asunción de la “hiperrealidad cotidiana”, esa que reclama el puesto en la vida de los hombres, y llamo a los paisanos a acogerla y comprenderla.

El café en el trabajo, la “mamadera de gallo”, el piropo en la calle, la vida oculta, la “mentada de madre” en la cola, la “vuelta” para el pana, la venta de comida en las calles, la “bala fría”, la reunión para estudiar, la escapada del trabajo, la pelea con el vecino, las cervezas los viernes, son parte de nuestra cotidianidad, de nuestra idiosincrasia. Pero esas falsas seguridades que forman parte de nuestro acervo cultural muestran sus fisuras cuando existe la posibilidad de que como nación tengamos que enterrar un montón de cadáveres, y lo peor aún, en tiempos de dictadura. A veces nuestra forma de ser no nos deja asumir que tenemos que empezar ya a reconstruir la nación, sí, con lo que tengamos y desde lo cotidiano.

Debemos recuperar esa magia del día a día y a partir de allí darle razón a nuestra existencia. Por ejemplo, el político debe recuperar las actividades de su oficio, ir a los barrios y zonas con carencias, no solo debe llevar un mensaje de confrontación sino que debe ser útil a las necesidades que vivimos en el país. Los universitarios también debemos replantearnos la razón de nuestra existencia pues la convivencia ya no es la interfaz adecuada para la transmisión de conocimiento, lamentablemente. Es hora de enseñar y aprender con los recursos que tengamos. Solo abrazando las circunstancias que nos toca vivir podremos generar verdadero conocimiento.

Saldremos cambiados de esta pandemia, si y solo si, empezamos a cambiar desde ahora, y para ello, sugiero comenzar por reconectar con las cosas simples y cotidianas que nos definen como individuos y sociedad para darle un nuevo propósito nuestra existencia en este país.

Prof. Jorge Bastidas C.-Faces ULA