La carretera por instantes se difuminaba en el horizonte, dominado por las verdes llanuras del oriente venezolano y un cielo con nubes grises que presagiaban aguacero.
Muchos huecos en el pavimento obligaron a mantener baja la velocidad, lo que resultó propicio para disfrutar del paisaje y tomar buenas fotografías de un joven llanero que arriaba una centena de caballos.
A ambos lados del camino había espejos de agua donde plácidamente descansaban familias de búfalos de diferentes tallas y portes. Los más pequeños entraban y salían a sus anchas, siempre bajo la atenta mirada de sus madres y de bandadas de garzas blancas que buscaban un lugar para pasar la noche.
El cielo empezó a despejarse gracias a las fuertes corrientes de viento y, en la lejanía, ya se observaban las casas de Boca de Uracoa, entrada al Delta del Orinoco por el estado Monagas.
Era lunes, un día especial para todos los habitantes del pueblo, porque muchas familias warao remaban en sus curiaras desde los caños del delta para ofrecer hortalizas, frutas y pescado fresco. Al final de la jornada, y tras vender todos los productos, regresaban a sus comunidades con provisiones para al menos una quincena.
En una vetusta casa frente al muelle, varios hombres guardaban montones de racimos de una fruta de color púrpura oscuro, una baya amazónica llamada manaca, como se la conoce en Venezuela, cuya pulpa posee un alto valor nutricional y es ideal para consumir en jugos, batidos, helados y postres.
El lugar sirve a las mujeres y los jóvenes de Boca de Uracoa para procesar artesanalmente la manaca y obtener recursos económicos que permiten mejorar directa e indirectamente la calidad de vida de unas ochenta familias.
Es interesante y admirable experimentar el espíritu emprendedor de las familias monaguenses, que encontraron en este recurso selvático una forma de exaltar el conocimiento centenario de los waraos, quienes, por generaciones, han regenerado los ecosistemas del Delta del Orinoco mediante el cultivo de las palmas de manaca, en territorios donde la ganadería extensiva fue introducida por colonos en las primeras décadas del siglo XX.
A medida que el sol declinaba en el horizonte, bandadas de aves sobrevolaron el río y terminaron posándose en las copas de hermosos apamates florecidos en su máximo esplendor.
Algunos waraos rezagados abandonaron el muelle en sus curiaras, poniendo un extra de fuerza en su remada y dejándose ayudar por la corriente del río, que los conducía directamente a los caños. Uno de ellos perdió el control de los remos y estuvo a punto de estrellarse contra la orilla, pero, justo antes de que sucediera, un niño de no más de quince años se lanzó al agua y, con una habilidad heredada de sus ancestros, logró evitar la colisión. Con razón, desde que habitan la faz de la tierra, se han identificado como «gente de la canoa».
Las riquezas de estas tierras no descansan solo en sus recursos naturales ni en sus paisajes, sino que además se deben al patrimonio cultural warao, cuyos integrantes, mediante prácticas sencillas pero nobles, han logrado diseminar más allá de sus fronteras los beneficios nutricionales que reposan en cada centímetro del delta desde el principio de los tiempos.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
27 de octubre del 2026


