El la educación hay diversas ocupaciones. En cada una de ellas la mujer, con “su cualidad de enseñar lo que aprende”, toma sobre sí una responsabilidad e interés, y lo ejerce en el diario trabajo.
Sin embargo, ¿esta participación en la misión educativa las homogeneiza, aunque se conserve la efectiva diferencia, con los hombres?
En virtud de la común participación en dicha misión, y de la común responsabilidad en el normal desarrollo de la misma, ella debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto pedagógica, técnica, como espiritual, como material.
Cierto, no todo desempeño se dirige y se exige por igual a mujeres y hombres; por sus específicas notas distintivas les atañen peculiarmente ciertas actividades, cuyos fundamentos individuales, corporales, psíquicos, morales, biográficos, sociales, han de ser considerados con diligente cuidado, a pesar de las especiales circunstancias de nuestro tiempo; por eso, encaja responder, con cautela, a homogeneizaciones analógicas con las que algunos presumen pedirle y subrayarle a cada intercambiable personalidad lo que constitutivamente es incapaz de dar.
Indudablemente, muchos conocen perfectamente cuánto ellas contribuyen, teórica y creativamente, al bien de la educación en general.
Nadie ordena caprichosamente, todo lo relacionado al oficio educativo, incluso al empeño más humilde en él, según el obrar de un único modo, masculino o femenino, de conducirlo en el más razonable y eficaz avance.
Lo que la mujer es para-el-otro, masculino o femenino, también lo es con-él, pues para-él ella es una dignidad impermutable, con una cualidad única de enseñar lo que aprende, —desde luego, no absolutamente perfecta—; esto es, con-el-otro y para-él, desempeña un oficio determinado y propio de su personalidad y talento.
En el artículo del pasado jueves, “la mujer también aprecia toda obra dirigida a la educación”, publicado en esta página web, consecuencia de la “tercera vía” (Papa Francisco), o “camino” (Papa León XIV) del Pacto Educativo Global, y en el actual, “la mujer y su capacidad de enseñar lo que aprende”, igualmente acentúo la trascendencia en la Iglesia, en la sociedad, en el ámbito de las distintas instituciones tanto privadas como públicas, del esmero constante de tantas mujeres que, a través del mismo, hacen eco de su labor y defensa de la educación incluyente, en lugares y circunstancias donde, solo con perspicacia femenina, tal esmero llega a ser fermento del alcance de una creatividad didáctica, técnica, que brilla no exclusivamente en conocimientos y destrezas manuales, sino también en virtudes esclarecidas en la vida diaria, familiar y social.
16-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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