La Palabra de Dios en el XXV Domingo del Tiempo Ordinario

El tema dominical

Durante dos domingos sucesivos -éste y el siguiente- las lecturas se centran en el tema de la riqueza, que tanto fascina a los seres humanos de todos los tiempos y que Lucas parece estigmatizar llamándola «riquezas injustas». Parece un juicio sumario y, en definitiva, injusto. ¿Puede considerarse que el dinero es malo en sí mismo? ¿No es un medio que sirve también para fines socialmente útiles? ¿Acaso los Hechos de los Apóstoles no informan de que el dinero de los ricos era utilizado por los apóstoles para atender las necesidades de los sectores más pobres de la comunidad cristiana (Hechos 4,32)? Un mensaje áspero, pues, agravado por las mordaces palabras de Amós contra los ricos que explotaban a los pobres de la tierra. Intentemos comprender el mensaje sobre las «riquezas injustas», sin prejuicios, pero también sin silencios embarazosos.

El Evangelio: Lc 16,1-13

Al pasaje de Amós le corresponde una parábola de Jesús bastante compleja y -a primera vista- escandalosa, porque se elogia un comportamiento objetivamente reprobable. El mayordomo se comporta «deshonestamente» con el dinero de su amo y esto provoca en los lectores cierta vergüenza.

Si leemos atentamente, sin embargo, podemos percibir que, en sí, el administrador es elogiado por un motivo que no se refiere al uso del dinero, sino a la capacidad de lidiar con una situación delicada. En una coyuntura dramática, en la que se habría quedado sin trabajo, el administrador fue capaz de dar la vuelta a la situación que le era desfavorable, mostrando sabiduría tanto en la evaluación de sus propias limitaciones («para mendigar me avergüenzo») como en la resolución relativa a su futuro («¡Ya sé lo que haré!»). La mendicidad también se consideraba bastante innoble en la Antigüedad, que el administrador no considera adecuada a su condición. Son ejemplos sencillos, que muestran sobre todo la perspicacia natural de un hombre que sabe valorar su propio potencial y su carácter. Reduce la deuda a dos deudores de su señor, pero incluso en esta actitud de deshonestidad sustancial, el administrador se muestra sin embargo astuto, pues piensa en hacer amigos, que pueden resultarle útiles cuando el hacha del juicio caiga sobre él.

Obviamente, desde un punto de vista moral, el comportamiento es censurable, pero ese no es el objetivo de la parábola. El relato pretende simplemente llamar la atención del lector sobre el ingenio del mayordomo, que sabe cómo invertir su destino ya sellado. Y de hecho, en la última escena (v. 8) -que revela el sentido original de la parábola-, el elogio final del «señor» no se refiere a la moralidad del acto, sino a su inteligencia y capacidad para evaluar bien el drama de la situación y actuar en consecuencia. En vista del futuro fue capaz de actuar «con destreza» (phronimôs).

Como ocurre a menudo en la conducción lucana de las parábolas, tras el primer momento (parabólico), y a partir de él, toma forma un segundo momento, consistente en una agrupación de logia, originalmente aisladas, pero luego agrupadas por alguna relación con la parábola (vv. 9-13). Este segundo momento no es totalmente homogéneo con el tema fundamental de la parábola, sino que se presenta como un desarrollo posterior. En nuestro caso concreto, este momento desarrolla el sentido del relato parabólico en la línea del uso del dinero y las posesiones (cf. mamôna en vv. 9.13, como inclusión de todo el pasaje). Más que instrucciones, las frases que siguen son instancias que conciernen a la comunidad lucana más que a la época de Jesús. Encontramos aquí la expresión to mamôna tês adikias / las riquezas injustas que ha suscitado viva discusión entre los estudiosos. La expresión es muy negativa, porque la riqueza -expresada con el sustantivo mamôna precedido del artículo y seguido de un genitivo calificativo- se presenta como un poder personificado e inicuo. Esto, en realidad, no se corresponde con la concepción hebrea de la creación, entendida como buena, porque salió de las manos de Dios (cf. Gn 1). La riqueza no puede ser una excepción en esta bondad del universo creado. La iniquidad debe provenir de otro elemento, externo al designio divino original. Y, en efecto, la maldad del dinero deriva de la apropiación que de él hace el hombre, que lo convierte en su propia posesión, olvidando que sólo es su «administrador» y no su «señor».

Dupont tiene razón cuando observa que «las riquezas, que pertenecen a Dios, no son injustas en sí mismas, pero se vuelven injustas en cuanto el hombre se apropia de ellas y las acumula para sí (Lc 12,21), comportándose como si Dios no siguiera siendo el dueño absoluto de los bienes de los que el hombre sólo ha recibido la administración». La verdadera función de la riqueza es ser instrumento de «comunión»: el dinero debe compartirse con los pobres, de lo contrario se convierte en instrumento de iniquidad. Este es el sentido de la expresión «haceros amigos de las riquezas injustas». No es casualidad que el capítulo que comienza con nuestra parábola se cierre con la parábola del rico y el pobre Lázaro (¡el próximo domingo!), en la que el rico es condenado no por ser rico, sino por no fijarse en el pobre que está a su puerta (19,20-21).

Pero hay un segundo aspecto que Lucas quiere subrayar: el contraste entre el «mammón» -que es un bien de poco valor, injusto y ajeno al hombre- y la comunión con Dios, que es un bien mucho mayor, verdadero (v. 11) y propio del hombre (vv. 10-12). Pasando de lo menos a lo más, Lucas advierte a su comunidad: si vosotros, cristianos, no sabéis administrar ni siquiera el dinero sucio, compartiéndolo, ¿cómo podréis administrar los bienes verdaderos y auténticos? Una verdad sencilla pero desconcertante.

Pbro. Dr. Ramón Paredes

pbroparedes3@gmail.com

21-09-2025