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sábado, mayo 30, 2026

La Palabra de Dios en la Fiesta de la Inmaculada Concepción

8 de diciembre de 2024

La Palabra de Dios en la Fiesta de la Inmaculada Concepción

El tema de la fiesta

El primer domingo de Adviento, la Palabra nos presentó el nuevo comienzo del año litúrgico, de la vida que brota de los escombros de la historia, de la liberación. Hoy, la misma Palabra nos ofrece a una mujer como testimonio vivo de esta esperanza, porque María es la novedad de Dios, el futuro de la gracia en un mundo en busca de sentido. La crisis de sentido se ha convertido quizá en la característica definitoria de nuestro tiempo. Una crisis que conduce a una profunda inquietud. Crece el miedo y falla la confianza, en todas sus formas; falla el gusto por la verdad y la vida. Nos atormenta la angustia de la supervivencia, como individuos y como pueblos y naciones. No sólo por la locura de las guerras, las armas nucleares o bacteriológicas, los crecientes problemas económicos de las naciones más pobres y los problemas ecológicos, sino por todo lo que estos problemas revelan: el deseo de omnipotencia, la pérdida del respeto mutuo y de la dignidad, la masificación cultural, la mentira convertida en sistema. Las instituciones han dejado de ser un punto de referencia y se ha perdido la pasión. Todo se da por supuesto. La figura de María se nos presenta hoy como un retorno a la esperanza original, a la promesa de Dios y a la confianza. De todo esto hablan las lecturas de hoy

Primera lectura: Gn 3,9-15.20

El encuentro entre Dios y Adán, que se había escondido, es una de esas páginas bíblicas que hay que entender como un «arquetipo fundador», en cuanto que construye y explica la historia de cada uno, de «cada Adán y cada Eva» que habitan la tierra, de cada rostro que uno encuentra en el camino de la vida. Es la historia de todos llevada «al origen». En efecto, el término hebreo bereshit -la primera palabra de la Biblia- significa «principio», pero también «arquetipo». Si esto es cierto, todo hombre es ‘adam’ y la pregunta «Adán, ¿dónde estás?» nos afecta a todos, íntimamente, como individuos, como comunidad y como Iglesia. ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? Leyendo la historia de la humanidad, uno se da cuenta de cómo se ha buscado la respuesta por todos los medios y en todos los lugares. Pero hoy, ¿somos todavía capaces de hacerlo? ¿Qué es el hombre? Imagen de Dios y barro, hijo o rebelde, hipócrita y nostálgico, saciado y sediento… ¿Esto o aquello? Es importante que nos hagamos la pregunta y no nos escondamos de ella. Martin Buber escribió: «Adán se esconde para no rendir cuentas, para escapar a la responsabilidad de su propia vida. Así es como todo hombre se oculta… Precisamente ocultándose de este modo y persistiendo siempre en este ocultamiento… el hombre se desliza siempre, y cada vez más profundamente, en la falsedad. De este modo se crea una nueva situación que, de día en día y de ocultación en ocultación, se hace cada vez más problemática…» Y es precisamente en esta situación cuando la pregunta de Dios se apodera de él: quiere perturbar al hombre, destruir su deseo de ocultación, hacerle ver a dónde le ha conducido un camino equivocado… En este punto todo depende de si el hombre se hace o no la pregunta.

Al «¿dónde estás?» Adán responde: «Tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí». El símbolo de la desnudez en la Biblia es ambivalente: significa vergüenza, pero también verdad. En el hermoso relato de la historia de la relación entre Dios y su pueblo, recogido en el capítulo 16 del libro de Ezequiel, se menciona la desnudez de Israel y el cuidado de Dios: «Creciste, te hiciste grande… pero seguías desnuda. Pasé junto a ti y te vi; estabas justo en el tiempo del amor. Entonces extendí mi manto sobre ti, cubrí tu desnudez, te hice un juramento, hice un pacto contigo, oráculo de Dios, mi Señor, y fuiste mía».

La desnudez es la situación del hombre: su verdad y su malestar. Pero el reconocimiento de esta dimensión es el primer paso importante hacia la reconciliación consigo mismo, con los demás y con el Otro. Huir como Adán no sirve de nada: es necesario quedarse y comprender que Dios no está en otra parte, sino de otro modo. Dios no está más allá de nuestros límites, en los caminos de la imaginación y la utopía, sino justo donde estamos. Sólo a los que se conocen a sí mismos como «este hombre», «esta mujer» se les promete la victoria: a la semilla de la mujer, es decir, a todos los hijos e hijas de Adán que reconocen sus límites y no huyen, sino que se esfuerzan por hacer de ellos una escuela de humanidad, una puerta que atravesar para emprender el camino de la vida. María enseñó el camino y de eso nos habla el Evangelio.

El Evangelio: Lc 1,26-38

Para comprender la función del relato de la anunciación a María es necesario echar una mirada al contexto en el que se sitúa. Para un lector atento y creyente queda claro de inmediato que estas páginas fueron escritas en la perspectiva de un Proyecto de Salvación que abarca la vida de todo ser humano: desde el primero hasta el último «Adán» que vivirá en la tierra. Esta página no relata hechos, sino que expresa el Proyecto eterno de Dios que ahora se manifiesta en el nacimiento de un «Hijo».

La esterilidad y la vejez de Isabel ponen de relieve el tiempo en que tiene lugar la iniciativa divina: un tiempo semejante al nuestro, en el que los hombres, cansados y sin rumbo, viven persiguiendo el éxito y la ganancia. Sin embargo, en este tiempo -precisamente en este tiempo- Dios habla una vez más: a una mujer desconocida en un país remoto del vasto territorio del imperio romano.

El texto no dice que el ángel «apareció», sino que «entró», como dando a entender que el encuentro con Dios se produce en los acontecimientos más ordinarios de la vida, como salir y entrar en un lugar. Las primeras palabras del ángel contienen un saludo y una bendición muy frecuentes en el Antiguo Testamento: el Señor está contigo. Con esta expresión, María se sitúa ante una misión particular, en la línea de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento, elegidos por Dios para una tarea de salvación. María es interpelada y tranquilizada por la promesa de una Presencia.

Su desconcierto no es el temor de Adán que se esconde de los ojos de Dios, ni es el temor de Zacarías que, ante la visión del ángel, es asaltado por la duda. La conmoción de María está provocada por la palabra que se le dirige. Ante Dios y su misteriosa llamada, el hombre siente siempre su pequeñez: Moisés debe cubrirse el rostro cuando la Gloria pasa ante él, el profeta Isaías se siente como un hombre de labios impuros y Jeremías siente su natural insuficiencia. La entrada de Dios en la vida del hombre provoca desconcierto e interrogantes, pero también asegura la Presencia. Dios estará presente: en la búsqueda afanosa y en la angustia, en la luz y en la oscuridad. Su pregunta «¿cómo sucederá esto, pues no conozco a nadie?» no expresa duda ni incertidumbre, sino la sabiduría de los sencillos. Porque el grado de realización de una vida consiste en comprender la gracia que habita en la propia situación, en las propias limitaciones. De nuevo Martin Buber: «…en la situación que me ha tocado vivir, en lo que me sucede día a día, en lo que la vida cotidiana me exige: ahí está mi tarea esencial, ahí está la realización de la existencia puesta a mi alcance… Aunque nuestro poder se extendiera hasta los confines de la tierra, nuestra existencia no alcanzaría el grado de realización que puede darle la relación de entrega silenciosa a lo que vive a nuestro lado. Aunque penetrásemos en los secretos de los mundos superiores, nuestra participación real en la existencia auténtica sería menor que cuando, en el curso de nuestra vida cotidiana, realizamos el trabajo que nos corresponde con santa intención. Es bajo la estufa de nuestra casa donde está enterrado nuestro tesoro».

A las preguntas de María, Dios responde. Como en el pasado con los profetas y sus siervos, Dios actúa también con María, salvando las distancias: transformada por la gracia y la fuerza creadora del Espíritu, se convierte en la madre del Hijo de Dios. El texto no se detiene en aspectos psicológicos o periféricos: toda la atención se centra en el Hijo que nacerá de ella y en el poder creador y vital de Dios, capaz de fecundar la historia de Israel y de la humanidad, gracias a la disponibilidad de una muchacha del pueblo. María representa a la mujer Eva y al hombre Adán, renovados, sin miedo ya a encontrarse con la mirada de Dios.

Pbro. Dr. Ramón Paredes Rz

pbroparedes3@gmail.com

08-12-2024

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