(Sirácide 27, 6)
El título es una locución de la primera lectura de este VIII domingo del tiempo ordinario.
A pesar del vaivén tempestuoso de las cosas humanas, ¿aún encontramos estas tres luces, verdad, justicia, caridad, en nosotros y en los demás? ¿Las hallamos en las instituciones que, aunque con nuestras fallas, por ellas gastamos la vida, muchas veces de modo obvio, y otras en el más silencioso y secreto obrar?
La palabra, mostrando nuestra mentalidad, nos reprocha la omisión de variadas iniquidades cuando las hacemos pasar por refinadas beaterías; sin embargo, ante tales iniquidades, ante un cuerpo reglamentario grifo, camarada de tales refinadas beaterías, es una falta de dignidad aplaudirlo, y, razonablemente, encaja volver la espalda a ese tipo de idolatría y escupir el ídolo. Pero, comedidos, porque el éxito del sagaz talente de tal idolatría y su ídolo, es tener a menudo una víctima a quien engañar.
El evangelio de hoy nos alecciona: las dificultades no las resolvemos con la hipocresía y el egoísmo, o lo que están presentando como bueno, que ni en espectros parecido; ello no es sino la redundancia en el pedantismo. La mucha algarabía de palabras elogiosas, pendencieras, deberían impulsarnos, en cambio, más allá de la vida aparente, de las opacas excusas para evadir responsabilidades y del narcisismo.
Por supuesto, ajusta preguntarnos, no por un instinto natural, sino por una gran convicción: ¿se han plantado en nuestro corazón las hipocresías, las equivocaciones, la poca virilidad, con un carácter imborrable, hasta indestructible?
Cuando conservamos intacta nuestra pésima forma de pensar y de actuar, y cuando lo pésimo lo notamos exclusivamente en el otro y de ningún modo en nosotros, han de sobresalir en nuestra mente y corazón el vigor de estas palabras enunciadas en forma de imperativo: saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano.
Esto me recuerda, una lección de Lógica y epistemología del Prof. D. Antiseri en la Pontificia Universidad Gregoriana, mientras acudía a los cursos de la Licenciatura en Filosofía, especialidad Comunicación Social, en la cual subrayaba estos dos proverbios que oía por primera vez: uno de K.R. Popper, eliminar el error es un ideal mezquino, y el otro de Séneca, reiterarlo es ya diabólico.
Y estos dos pensamientos no brotan de lo desconocido, tampoco nos llevan a comprender sólo lo incomprensible, sino a mirarnos nuestra mentalidad y moral en la palabra de Cristo desde el texto evangélico de este domingo, (Lc 6, 39-45), para lanzar, arrojar fuera, escupir ad externo, lo que hipócrita e injustamente nos estorba, y así valoremos esta cristalina diferencia que desciende del verbo de Jesús a la realidad de nuestro ineludible ser, no hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos.
En fin, la palabra muestra la mentalidad del hombre, porque, según ella no estudiamos la justicia, el recto sentido del derecho, para moldear sus máximas a la salvación de caprichos, con lo cual más bien procuramos que muchas almas bajen antes de tiempo a la tumba vacía; al contrario, meditemos en el correcto cometido de tales instrucciones, (justicia y derecho), y manifestemos alegres, y sin duda, serenamente, que el hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón.
02-03-2025
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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