A los maestros, profesores, su profesión les pide actualizaciones en el campo pedagógico.
Este campo les requiere ser buenos guías en el camino de la formación de los alumnos. De hecho, la voz “pedagogía” proviene del griego antiguo paidagogía, formada por país/paidos (niño, hijo) y agein (conducir, guiar).
Etimológicamente significa “conducción del niño”.
En griego antiguo, el vocablo aludía al siervo garante de conducir a los infantes hacia el lugar de instrucción; con el tiempo, la palabra se transformó en designación del arte, disciplina o ciencia orientada a la formación y enseñanza.
Ahora bien, ¿cómo logran los maestros acceder a su actualización magistral?
Son muchos los que reconocen la intensidad de las exigencias de los desafíos pedagógicos actuales.
Algunos pueden financiar los talleres de innovación educativa; otros, con sus recursos apenas logran cubrir algunas necesidades, primordialmente personales, familiares; entonces, no les son suficientes para costear su preparación.
Por supuesto, en su quehacer no falta la preocupación acerca de la pedagogía como instrumento de la auténtica cultura.
De hecho, convierten dicho afán en acciones concretas, y, en no pocas ocasiones de modo autodidacta —apoyados en la web, la radio, la televisión— buscan nutrir su anhelo de preparación, para, sin obviar la ardua tarea de paidagogós, pedagogo, “el que guía al niño”, ayudarle ya a temprana edad a dominar los problemas y motivarles a ir siendo protagonistas de su propia instrucción.
En este sentido el maestro se les acerca pedagógicamente a los alumnos para acompañarlos; o sea, camina con ellos, (los acompaña), en las alegrías y las esperanzas, en las dificultades y las tristezas.
En este acompañamiento, desde luego, son necesarios los recursos monetarios, pues, aunque no es el módulo esencial de la educación, nadie niega su contribución indispensable para trabajar con más ahínco y pasión.
Por supuesto, tampoco ninguno negará que, en el acompañamiento instructivo, el diálogo sencillo y directo con los alumnos, con el cual conocen sus preocupaciones más inmediatas, irreductible a una simple solidaridad humana, es una de las acciones concretas invaluables de la educación.
Asimismo, es preciso en esos momentos álgidos de la existencia, la intervención de quienes sepan remediar con sensatez el drama interior de haber perdido toda esperanza.
Por eso, la pedagogía que sustenta la cultura no es la de un huero nacionalismo; la pedagogía no esclaviza al hombre, al contrario, lo inserta conscientemente en la diversidad de elementos de la cultura desde donde va alzándose como auténtico constructor de una sociedad pluralista.
De este modo, la verdadera pedagogía se realiza en una específica cultura: en ella unos se encuentran con otros —y no solo adultos, también niños, adolescentes, jóvenes— y así ofrecen y comparten de los elementos culturales una interpretación cabalmente nueva.
En efecto, la riqueza de una cultura no está exclusivamente en el elemento sin voz, sino en aquel que del mismo tiene una comprensión idónea, (no adulterada), y la comunica.
La influencia del maestro, del profesor, en esa “interpretación cabalmente nueva” de los aspectos culturales, es imprescindible, puesto que, corrigen con acierto el desconocimiento de lo autóctono, con el fin de que sus particularidades materiales o inmateriales, puedan conservar su integridad al contacto con la cultura común de los demás pueblos.
En esta óptica, la pedagogía sustenta con esperanza la auténtica cultura, y desde la escuela al alumno se le subraya su responsabilidad en el crecimiento de la misma.
Por cierto, y concluyo con esta pregunta, ¿cómo puede alguien contribuir a la normalidad de la cultura urbana, —identidad ciudadana—, si en su casa descuida voluntariamente sus fundamentales obligaciones, como, por ejemplo, ayudar con el aseo, o, la más principal, organizar la propia habitación personal?
15-01-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




