En el artículo pasado, “el pacto educativo global”, dejé algunas aclaratorias sobre la temática de tal pacto.
En el siguiente deseo abordar el “primer objetivo”, “la primera vía”, apuntada por el Papa Francisco para la consecución de esa actividad pertinente a la educación, es decir, “poner a la persona en el centro”. De aquí emerge el epígrafe, “la persona: Presencia de espíritu”.
Lejos de un antropocentrismo desencarnado, generador de un quietismo de la resignación, este primer objetivo motiva al educador, a la familia, a las instituciones, al estado, a combatir “la cultura del descarte”, la cual distancia a la persona de la vida del espíritu, gracias a la cual ella distingue su diáfana integridad.
A algunas personas por su vulnerabilidad, su condición física o social, a muchos parecieran serles individuos solo capaces de vegetar, pero no de relaciones humanas verdaderas.
En la mente y corazón de los alumnos, el maestro no prepara la próxima guerra contra los que algunos —o quizá bastantes—, con una diplomacia sorprendente, consideran el descarte de las sociedades.
La persona con la educación desvela el valor de su espíritu, porque con juiciosa y asequible pedagogía aprende a presentar su presencia asidua y seria en dignidad ante sí y los demás.
Esta presencia, asidua y seria en dignidad, “fundamento antropológico”, repele todo tentativo de mimetización, ya que con esta muchos buscan encontrarle una medida a partir de la cual hacerla deudora de relaciones interdigitales antes que interpersonales.
La persona en el proceso educativo sostiene con decisión su “especificidad”, por la que en ella hace emerger desde sí misma su “capacidad de relacionarse”, no sólo como posible, sino, y con más peso, indudablemente real.
El título señala, “la persona: Presencia de espíritu”, puesto que el viviente humano cuando lo educan y se educa, la presencia en él de su cualidad espiritual, no le determina un plazo a la formación, pues en tanto en cuanto que persona humana permanece siempre y todavía nunca plenamente realizada, y, en consecuencia, puede seguir aprendiendo de la educación, sea formal que informal, porque ve en ella algo más que conceptos o definiciones.
Por eso, la pedagogía no coloca a la persona sobre un plano que no es el suyo; en este sentido, acerca del Pacto Educativo Global, el Papa Francisco indicó, “reavivar el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión” (Francisco, 2019, Mensaje).
A causa de estas palabras ratifico que solo mediante una predilección, no a un antropomorfismo desencarnado de la persona, sea del que educa como del que es educado, pueden darse mejores contextos respecto a la dignidad de todo ser humano, —inclusión; racional y razonable reverencia por la libertad—, desde la educación misma.
05-03-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




