La plata blanca o el billete azul

Por: Ramón Sosa Pérez…

En los tiempos de María Castaña, glosamos a Don Tulio Febres Cordero en sus amenas crónicas añejas, también en el sur de Mérida ocurrieron casos que vale la pena repasar, si es nuestra la intención de rehacer la memoria del ayer distante. Al caso vamos desde esta página que hoy recobramos con fidelidad.

Luego del uso corriente de monedas españolas –reales y escudos-, en el territorio hubo expresiones de canje comercial. En 1802 surgió el Cobo o Señor de la Caridad, emitida por el Cabildo Eclesiástico de Caracas calcando la imagen del Cristo en una de sus caras con valor de un octavo de real y elaborada en latón de cobre.    

Ciertamente que si hablamos de las monedas acuñadas en la República el mérito corresponde a la denominada Rosa de Caracas, presentada en 1817 en modo de un octavo, un cuarto, medio, uno y ocho reales, respectivamente. Esta última emitida en oro, las cuales precedieron al denominado peso fuerte de plata, en 1818.

En el sur de Mérida la permuta era la modalidad más apropiada al espíritu solidario de sus gentes que se regocijaban en el servir y no en el mero acto de recibir una paga, a la que tampoco estaban habituados. El trueque fue siempre el símbolo de intercambio que franqueaba el modo de ser del morador de aquellas tierras.

Durante el gobierno gomecista circularon monedas de oro emitidas en el extranjero. Como nuestra economía no tenía solidez suficiente en su circulante, las llamadas “morocotas” se masificaron hasta concertar el canje anclado en el metal aurífero y así, asociadas al imaginario popular adquirieron grande fama en lo sucesivo.  

Por todas partes las había y la gente confiaba más en el oro y no en el papel moneda que tímidamente el Estado comenzaba a imponer. Las faltriqueras, que en suerte de saquito adosado al cinto llevaban los comerciantes, se hicieron de uso corriente para guardar las de hábito comercial que operaban en el canje de rigor.

Durante la independencia José Antonio Páez cita en su autobiografía la pertinacia de los mercantes para resguardar el caudal en morocotas. Más adelante, los pobladores de la ruralía venezolana nos legaron una amplísima relatoría sobre “entierros de morocotas” en conjuros que diferían el hallazgo posterior a la muerte del dueño.

Si los cuentos sobre ocultamiento y posterior revelación de los entierros de morocotas merecen más espacio, hoy nos detendremos en un asunto que por el sentido común de nuestros pueblos, explica por sí solo la curiosidad del paisano en transar comercio con las monedas del metal precioso y no con el naciente billete gomero.  

A las morocotas les siguieron los fuertes de plata aunque en ocasiones convivieron juntos sin mayor perturbación. La diferencia residía en la capacidad de sostener unos y otros pues a las primeras las retenía el de mayor holgura económica mientras que las segundas se reservaba a los menos pudientes y con razón, salía pronto de ellas.

Don Rafael Belandria, nacido en 1889 en Canaguá, pueblo del sur merideño, refería en copioso anecdotario los cuentos de las morocotas y sus dueños vaticinando conjuros y ruegos a quien “sacara la botija” de tal cual cristiano que la soterró en alguna loma, vega o cueva que al efecto buscaba proteger la plata por generaciones.

Transar un negocio de compraventa teniendo que costear la paga en billetes, era asunto de discusión. Si en el viaje de retorno llovía, la plata que siempre llevaba consigo el comerciante, corría riesgo de perderse arriba de la carga sobre el animal. En cambio, las monedas en metal, que iban en grandes tercios, permanecían inmunes.  

En eso pensaban los paisanos al descartar los pagos en papel anteponiendo en condiciones su valor en morocotas o “plata blanca”, como se llamó al popular canje mercante. Don Vicente García en Canaguá, capitalista de ganada fama en los contornos del sur merideño, argumentaba la solidez de las monedas por encima de los billetes gomeros.  

Otro detalle, que rememoraba en su tiempo el paisano Don Rafael Belandria, refería el trance del arriero que trajinaba caudal de compraventa. Ante la ausencia de material plástico que les sirviera para resguardar los billetes, escogía el trato en moneda metálica sorteando un chaparrón de improviso o vadear de sopetón el caño crecido.

Se hizo comidilla el caso del llanero que con frecuencia iba al sur para comprar ganado mostrenco y dirigirlo a su fundo. Llevaba en sus alforjas un buen fajo de billetes azules, con denominación de 500 bolívares, suficientes para lograr un buen hatajo. Nadie en Canaguá se los recibió. El negociador erró el tiro y regresó sin comprar un solo becerro.

16-11-2025