La posibilidad de afirmar “lo que es” Dios como la de afirmar “lo que no es”

Lo “que es Dios” posibilita tratados diversos sobre un mismo argumento: lo enseñado por ÉL de ÉL mismo no exige una doctrina distinta de lo corroborado por Cristo, su Hijo. Él clarificó muchos aspectos del Padre. Los que le pertenecen y los que no le pertenecen. Los definió en términos sencillos, en efecto, ambos comparten una única y propia identidad esencial.

Esta única y propia identidad esencial, inalcanzable en su pureza a la inteligencia humana, es a la que dirigimos la mirada del espíritu solo en tanto en cuanto que fundamento y no más, y aunque con el lenguaje filosófico, teológico, científico, le atribuimos algún predicado, incluso el más idóneo, Dios no es él.

Por ejemplo, la expresión Dios es indivisible; no divisible en matices particulares, aunque contiene una definición aceptable, no obstante, de ella misma deriva esta consecuencia: Dios es superior, máximo, al predicado “es indivisible, no divisible en matices particulares”, pues, no es contrario; lo sería de sí mismo; tampoco no es más o menos Dios; ÉL Es no sucesivo a ese predicado, ÉL Es no sucesivo a los mandamientos, porque esto entraría en una idolatrización como una especie de arte de fabricarlo.

La reducción de Dios a un predicado, aun el mejor, es una propedéutica al escepticismo o al ateísmo. El predicado “es una unidad de medida”, cuando en significados diversos, algunos ceden a esta ambición: Dios no puede existir separadamente del hombre. Otros refutan ello aclarando: ÉL no puede predicarse de multiplicidad de cosas, sino sólo de algunas; y están los que justifican que en cuanto Dios desenvuelve la misma función, es decir, una actividad única por sí mismo. Él posee y desenvuelve la capacidad de abrazar en sí sin alterarse la distinción respecto a los significados de “lo que es” y “lo que no es”.

Dios es unidad en su simplicidad o distinto en su simplicidad. La simplicidad es realmente unida a su esencia, y realmente dividida del concepto de ella existente en filosofía, en teología, o en ciencia. Pensarla “desde ÉL” es fatigoso, es dificultoso al hombre. El mejor medio para hacerlo es la mística de Cristo, asequible en el Evangelio. En Dios la simplicidad es posible que a un mismo tiempo sea lo definido o no sea, pues nadie, excepto los difuntos, lo ha visto jamás (cfr. Ex 33, 20; Jc 13, 22). Es más que ella. No puede decirse cuándo es verdadero que la simplicidad sea o que no sea. Lo que si asevero es: con simplicidad creó de la nada el universo, y con sencillez el hombre reconoce su completa inutilidad para crear así aun la más mínima entidad.

Con eso Dios no es un presuntuoso. No reta al hombre. Su silencio, su simplicidad, tampoco lo apelan en un completo y desconsiderado ocultamiento. Evidentemente, incluso al escéptico o al ateo, la necesidad personal de la inteligencia es la de definir que Dios es aquello que es y no puede no serlo. El todopoderoso es ÉL; el hombre puede ser escéptico o ateo hasta donde compruebe que su escepticismo o ateísmo no es más de lo que puede ser.

En lenguaje humano el hombre habla de Dios, y con el hombre ÉL comunica en este lenguaje. Respeta sus limitaciones e ignorancias. Está abierto al enriquecimiento de la fe en el contacto con la cultura. Es fácil criticarlo u opinar que debe ser mejor. Es difícil reconocer lo que trata de realizar por medio del viviente humano. Los principales mandamientos recalcados por Cristo, insultan el egoísmo, el temor, la superstición, el deleite en ciertas idolatrías, el vicio, en los que muchas autoridades humanas, contemplan o empujan a contemplar lo que no es ni roce de lo divino.

Ganan en cantidad —poder, dinero, deleite, finuras— lo que están despilfarrando en calidad. Hace falta el resurgir del fervor. Para buscar que es genuino, el hombre ha de aprender a separarse de ciertas “comodidades” las cuales ya le indican que de ellas no deriva la mejor definición, o sea, «“Yo soy el que soy”» (Ex 3, 14).

 07-08-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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