El agua fría de la ducha despejó el cansancio de un largo viaje por carretera desde Ciudad de Panamá; por fin estaban en Pedasí, provincia de Los Santos.
La mochila naranja que tantos viajes tenía en su haber sería útil de nuevo, ahora para la excursión al Refugio de Vida Silvestre Isla Iguana, en el Pacífico panameño.
Mientras los dos viajeros se acicalaban, una invitación cordial a desayunar se escuchó en la puerta de la habitación. Abajo, esperaba un comedor cuidadosamente decorado con utensilios de las faenas agropecuarias y pesqueras de la península de Azuero; al costado, un jardín de buganvillas que aportaba frescura, color y sosiego a la posada de la familia Rodríguez.
El cielo impresionantemente azulado presagiaba una jornada para el recuerdo, que iniciaría en playa Arenal. Allí, todos los días antes del amanecer, se juntan los pescadores para vender el “fruto” de la jornada y dar mantenimiento a redes, botes y enseres.
El delicioso desayuno estuvo compuesto de hojaldras (masa frita de harina de trigo cubierta con mantequilla), salchichas cocidas en una base de tomate, cebolla, ajo y aliños, queso criollo fresco, batido de papaya y humeante café orgánico de Azuero.
El punto de encuentro con su guía, Daniel, distaba apenas cinco minutos caminando. Lo hicieron resguardándose bajo los toldos de las tiendas a orillas del camino, pues el sol literalmente quemaba.
La lancha, lista para surcar las aguas, y el ánimo de los viajeros parecía tener la misma intensidad que el viento y el oleaje de playa Arenal.
A medida que el bote avanzaba, aparecieron en el cielo gaviotas y pelícanos que, con destreza, se zambullían para alimentarse de los bancos de peces que pululan en los arrecifes. Aunque era temporada de avistamiento de ballenas jorobadas, ninguna se dejó ver en el trayecto, y Daniel, mientras miraba al cielo, se apresuró a pedir que el entusiasmo no decayera, pues más temprano que tarde la naturaleza los iba a sorprender.
La isla se perfilaba en el horizonte; las palmeras sobresalían en un ambiente paradisíaco. Su blanca arena y el turquesa del agua invitan todo el año a practicar submarinismo y snorkel entre los corales.
Antes de arrimar en la orilla, algo que parecía un montículo de algas flotaba, como dejándose llevar por la corriente marina. Eran unas tortugas apareándose; de pronto, emergió una ballena con su cría para tomar aire y sumergirse nuevamente en las cálidas aguas. El recuerdo quedó plasmado en la memoria de los viajeros, en sus cámaras fotográficas, y fue tema recurrente en las tertulias posteriores.
Antes de que el bote posara su ancla en la arena, los dos viajeros se lanzaron al agua para ver quién alcanzaría primero la orilla.
Durante el recorrido circundando la isla, disfrutaron de colonias de aves migratorias que, en temporada de anidación, se «adueñan» de la isla, mientras la suave arena sirve de «autopista» a cangrejos ermitaños que huyen de sus depredadores, o quizá de alguna hembra.
Al mediodía, aparecieron decenas de iguanas marinas, negruzcas y con un tenue color chocolate que les permite camuflarse cuando reposan bajo los rayos del sol, y en caso de sentirse en peligro, dan rápidos pasos al interior de la isla o se sumergen en el mar.
Cuando el sol se escondía tras el horizonte y la tímida luna llena se asomaba en el firmamento, una veintena de delfines empezaron a nadar sin temor muy cerca del bote. Daniel apagó el motor para evitar lastimarlos con las hélices, usó sus binoculares para identificarlos y reportar sobre el avistamiento. Los datos son útiles para las gestiones de conservación que todos los pescadores de la península practican con recurrencia.
La experiencia fue asombrosa para los viajeros, pues además de conocer especies animales nuevas, entendieron la importancia que la gente de Azuero da al mar y a sus habitantes. Cuidarlo no es solo un compromiso ambiental; es la mejor vía para promover y fortalecer su identidad de hombres de mar.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
17 de marzo del 2026
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