(Lucas 16, 19-31)
La frase del título, que según la lingüística podemos llamar “sintagma nominal complejo” emerge, de acuerdo a la parábola de Jesús, de la boca del hombre rico, después de muerto y de divisar a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.
Ella nos permite asegurar, existe un movimiento imperceptible y silencioso para el protagonismo: el de la caridad.
En tal movimiento, la punta de nuestro dedo, en el momento en que lo obramos es suficientemente humano como para permitirle un eco formidable y vibrante, y prolongado, no primordialmente en la publicidad, sino en el rostro iluminado por una expresión de satisfacción y esperanza, o sea, en el Lázaro de al lado cuya sonrisa, al momento de tocarlo con la punta del dedo generador de buenas acciones, es el resplandor de una luz, de una transparencia luminosa, de Aquel que sabe morar en el interior del hombre, del que habita en una luz inaccesible (2ª lectura 1Tm 6, 11-16).
Esta luz inaccesible la contemplamos en los lázaros de nuestra sociedad.
Ellos nos demuestran la presencia de la divinidad muchas veces sin saberlo. Sería contradictorio admitir: en sus rostros no es posible distinguir nada de Dios con certeza.
En los lázaros de nuestras sociedades no vemos una especie de asombro esquivo; apreciamos a Jesús, (subrayo apreciamos, no adivinamos), el cual nos hace claro que es prioritario sean sus manos, o las puntas de sus dedos, o una cuchara de madera, para que muchos de esos lázaros mojen un pedazo de pan en un vaso de leche.
En efecto, Jesús refiere:
Un mendigo, llamado Lázaro, yacía en la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico.
No olvidemos que también somos mendigos.
Cierto, no vacilamos mostrar temerosos nuestros harapos, porque quienes buscan ver estos en nosotros miran y no ven nada. Pero la humildad ha de evidenciarnos que en nosotros hay más que una apariencia de Cristo, hay su persona y su enseñanza, por la que quien nos mira no pierde su mirada.
El silencio de las buenas obras esquiva el fraude de las omisiones; es decir, el de hacerlas sin haber sentido las manos hacer. Es como ver fuera de nosotros mismos, notemos las palabras y la actitud del hombre rico luego de ver a Abraham y Lázaro, las imágenes que sólo existen en nuestra mente.
Por eso, cuando socorremos no engañamos, pues la ayuda generosa nunca es suficiente para venderla. Ella no la posee el otro como yo, nuestro prójimo, para siempre, sino solo Dios; y el Padre que ve en lo secreto te recompensará.
A los otros, a los lázaros de nuestro tiempo no los tocan la punta de nuestros dedos cuando les facilitamos algún auxilio para aprovecharnos de ellos.
El objetivo es que ellos también puedan vivir junto a nosotros, puesto que, le dice Dios a Moisés en el Levítico, todos son mis siervos (25, 42).
Nos debe alcanzar el Evangelio de este domingo, además de pasar la punta del dedo sobre esa sagrada página, asimismo para comprender que Jesús no condena el bienestar en sí, sino la indiferencia ante el sufrimiento. Desde luego, es imperiosa la coherencia entre la fe profesada y la vida vivida, ya que, en conclusión, el rico no es condenado por su riqueza, sino por ignorar al pobre que yacía a su puerta.
28-09-25
Pbro. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



