Primer domingo de la temporada de spring breakers en Acapulco (estado de Guerrero). Pronto, las playas de este reconocido puerto del Pacífico mexicano estarían abarrotadas por desenfrenados vacacionistas de su vecino del norte.
El televisor anunciaba el clásico del fútbol azteca, pero no era lo suficientemente atractivo como para suspender la visita a La Quebrada; cuna de hábiles nadadores que, por décadas, han cautivado a propios y extraños al lanzarse en clavado desde los acantilados.
Camino a La Quebrada, hay pintorescas tiendas de souvenirs que ofrecen productos de prolijos artesanos de las áreas rurales circundantes. En sus obras plasman el conocimiento y la creatividad forjados en sus familias por generaciones. No solo expresan su arte; además, impregnan la sabiduría del hombre del campo y del mar que, con amor y laboriosidad, ha logrado un sólido sentido de pertenencia por su identidad. La han cultivado y se han esforzado en promover ese conocimiento a los más jóvenes, de modo que el legado perdure ante una modernidad mal entendida que prioriza ideas superfluas sobre valores humanos esenciales para el gentilicio mexicano. No en balde muestran euforia al gritar a los cuatro vientos: ¡Viva México, cabrones! En un contexto por exaltar la unión y fortaleza colectiva alcanzada tras siglos de lucha.
Comprados algunos obsequios para los amigos, la parada obligada fue la fonda de doña Lupita. Allí se encontraba una señora que, en sus manos tostadas y arrugadas por el tiempo, reflejaba años al frente de los fogones.
Esbozando una infantil y genuina sonrisa, dio la bienvenida a todos y, tras relatar sus inicios en las artes culinarias guerrerenses, recitó un menú donde destacaron las gorditas rellenas con aguacate y frijoles rojos, los tacos de trompa de cerdo, los tamales enchilados, aguas de tamarindo, limón y flor de Jamaica.
Ese desayuno tradicional estuvo cargado de sabor, emociones y un arraigo por la tierra acapulqueña. La pregunta para Lupita, luego de pagar los 57 pesos de la cuenta, fue: ¿hasta qué hora estará abierta la fonda en la noche? para degustar otro plato antes del viaje de retorno a Ciudad de México.
Llegar a La Quebrada fue sencillo, por la señalización y por las filas de autobuses turísticos y los bañistas que, desde Playa Caleta, en procesión, se dirigían para disfrutar de los míticos clavadistas.
Abuelos del barrio relataban cómo en sus años mozos se lanzaban desde los acantilados para llamar la atención de las muchachas que, a escondidas, salían de sus casas en la «pesca» de posibles pretendientes. Estos debían demostrar su habilidad en el nado y la valentía de sumergirse en el agua justo cuando ingresaba desde el mar y cubría parte de las rocas del fondo.
Con el tiempo, esta actividad convencional pasó a ser un fuerte atractivo para los visitantes al puerto, y allí se encontraba el viajero sudamericano para relatar a su regreso la experiencia.
La marea estaba particularmente baja, lo que no sería impedimento para que Francisco mostrara sus destrezas ante cientos de espectadores. Mientras trepaba las rocas, el silencio se hizo presente; los corridos mexicanos que sonaban en los altavoces dejaron de aturdir.
Ya en la cima del risco, hizo una reverencia y se persignó ante la imagen de la Virgen de Guadalupe colocada en un nicho por los primeros clavadistas. Su cuerpo tenso, hizo unos movimientos muy bien coordinados, mientras la gente expectante aguardaba en silencio. No faltaron los bromistas del barrio que apostaban un six pack de cerveza por la suerte de Pancho.
Al saltar, el silencio arreció; poca agua entró desde el mar, pasaron unos segundos que se hicieron eternos y Francisco no salía a flote. Parecía que el clavado había sido fatal, cuando de pronto se le vio emerger, se dirigió a los apostadores y exigió una fría cerveza mientras los visitantes aplaudían sin parar. Esto es Acapulco: autenticidad, misticismo y gente noble que hace cualquier cosa para mostrar el amor por su tierra y sus ideales.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
31 de marzo del 2026




