La religión y la ciencia y su relación con la realidad

La realidad es un ambiente particularmente inspirador de percepciones religiosas y científicas diferenciales, es decir, las percepciones reconstruyen el ambiente y muestran a la capacidad humana excepcionales oportunidades de un “modelo propedéutico” (Aa Vv., «L’origine dell’uomo. 5. I protagonisti», La Storia, 48), en el cual dicha capacidad gestiona el patrimonio de la realidad con su especialización o religiosa o científica.

Ahora, “especialización” en este tema indica también la realidad como una zona abierta cuya principal exigencia, perceptivamente diferencial, es la expansión de las nociones religiosas y científicas “mejor elaboradas” aun en difíciles condiciones, con el fin de transmitir a través de ellas conocimientos religiosos y tecnológicos, en una palabra, cultura.

Por supuesto, todavía las nociones religiosas y científicas con las cuales se registra el “fenómeno cultural”, instituyen con éste elementos del modelo propedéutico, porque aún el estudioso, contemplativo o analítico, está perfeccionando la interacción en la realidad del cerebro, lo religioso, lo científico, lo cultural con lo teológico.

Sin manos libres y un cerebro organizador de los movimientos del cuerpo, el hombre dejaría de ser el protagonista “relativamente absoluto” (X. Zubiri, El hombre y Dios) del crecimiento del discernimiento religioso, físico y cultural. Con el cerebro él profundiza y así suficientemente difunde los vestigios impresos en la realidad de un Dios al que, aun siendo ellos tan perfectos, nadie podrá atarle su divinidad, ni siquiera en la mente, a una transición gradual, pues, en lo creado está la prueba de la imposibilidad de una sustitución gradualista; desde luego, los vestigios son la base de las conexiones de unas perfecciones, —no expreso “de una perfección”—, en ocasiones indistinguibles, pero cuya pulcritud mística y analítica prestamente conducen el pensamiento a la faena de un Supremo Hacedor.

Cierto, el cerebro humano, confrontado en tales conexiones con la perfección de tales vestigios, aunque a ello le fuercen, no cede a otro ser cualquiera, mundano o espiritual, la instantánea irradiación de alguien cuyo propósito es sustentar por sí una perfección que, de ningún modo es la convergencia de las muchísimas perfecciones existentes, por lo cual permanece absolutamente diferenciado, pero no indiferente a una estabilidad perfectible inquirida por el cerebro que religiosa y científicamente anhela “lo mejor”.

Bibliografía:

Aa Vv., La storia. 1 Dalla preistoria all’antico Egitto, Mondadori, Novara, 2007.

11-08-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com