La rica convergencia entre imaginación y razonamiento provocada por el tiempo

Indudablemente el estudio del tiempo nos genera muchas reflexiones.

En éstas la imaginación y el razonamiento ilustran desde formas simples hasta las más complejas; por ejemplo, las que nos demuestran que cada vez preocupados y ocupados en él no exige trasladarnos a un nuevo origen del mismo, sino a reescribir el planteamiento o los planteamientos con el fin de notar que las innovaciones en el lenguaje físico y matemático están avaladas en las propiedades dejadas en él, y desde él y con él aseguradas a la inteligencia humana.

Cierto, el tiempo no nos proporciona información de cuáles son estas propiedades y cómo medirlas.

Sin embargo, el hombre amparado en su inteligencia alcanza términos constantes con los que obtiene y demuestra, de un lado, una serie emergente de desigualdades lineales (una cantidad mayor o menor que otra, velocidad constante y distancia, los límites o condiciones de validez, la segunda ley de la termodinámica) y, de otro lado, esta serie es emergente (arbitraria), porque el tiempo es una sucesión ininterrumpida cuyos puntos restantes en sí no son sino una simetría duradera en la que “todos los valores del T1 (tiempo dado)” determinan analíticamente el t1 (tiempo medido por la inteligencia humana).

Es decir, podemos considerar una cantidad T1. Luego definimos otra cantidad t1 que depende de T1, o sea, t1 es una función de T1. Pero al definir esa función, asignamos un único valor específico a t1 para cada valor posible de T1.

Ahora bien, esto es factible por la intersección de T1 y t1 en la mente humana bajo las disposiciones intelectuales de la imaginación y el razonamiento, pues, con ambas intuye la condición impostergable de que T1 y t1 no sólo estén interconectados por medio de una ecuación para que exista una relación concreta y en curso entre ellos.

Esta “relación concreta y en curso” entre T1 y t1, puede entenderse como una serie de valores medidos en unidades de tiempo (segundos, minutos, horas, días), organizados en pares que siguen un orden progresivo. A cada valor de T1 le corresponde un valor de t1, formando así una relación funcional.

Al aplicar normas matemáticas —como suma, resta, multiplicación, división— entre los elementos de estos pares ordenados, se obtiene un resultado distinto de lo que T1 por sí solo generaría, aunque ese resultado guarda una relación aproximada con el valor de t1 asociado.

En otras palabras, t1 refleja una modificación o transformación de T1 siguiendo una regla que preserva cierta coherencia, pero no una igualdad exacta.

Sin duda, el Creador no le ha restringido a la inteligencia humana una u otra definición del tiempo; no obstante, ÉL a ella le pide dominio de eficacia cognitiva respecto a aquel.

Esto es, Dios no le ha exigido al viviente humano, en la interconexión de su inteligencia con el tiempo dado, exclusivamente la elaboración de una ecuación para que exista una relación concreta y en curso entre ellos

Por ende, la inteligencia humana, como el T1 es creatura, se favorece en el número y la medida para fijar un valor específico del tiempo. Ella resuelve este específico valor porque siempre T1 le es otorgado cual don perpetuo.

En resumen, de lo considerado sobre la rica convergencia entre imaginación y razonamiento provocada por el tiempo, resuena una voz que lo resignifica todo:

«Todavía un poco de tiempo estaré con ustedes» (Jn 7, 33).

Ese “poco de tiempo” que aún tenemos no es insignificante: es el instante donde lo finito roza lo infinito.

26-06-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com