La sucursal del cielo o la capital del infierno

Por: Germán Rodríguez Bustamante…

Caracas fue conocida como la sucursal del cielo, un conjunto de condiciones naturales primero y, arquitectónicas después, junto al boom petrolero de finales del siglo XX, permitieron etiquetar así a la ciudad capital. Caracas era el ícono de la modernidad en Venezuela y, en consecuencia, un sueño de luces para los habitantes del campo, quienes comenzaron a inmigrar en busca de una vida mejor. El crecimiento acelerado y no planificado de la ciudad reforzado por las diversas crisis económicas, y particularmente por las producidas en las últimas dos décadas, han hecho olvidar aquella metáfora, acabando con su conexión con el cielo. La ciudad encantadora y seductora se ha convertido en una metrópoli gobernada por bandas de delincuentes, obviamente existe espacios urbanos selectos en los cuales la nueva calaña disfruta de comodidades y lujos, negados a la gran mayoría de los habitantes de la bucólica urbe. En la capital se vive la crisis de otras maneras, ciertamente hay problemas, pero se observa una acción estatal más efectiva. Hay una consigna: Caracas primero. Los habitantes tienen problemas eléctricos, pero escasos, surten sus vehículos de gasolina con poca cola, las cajas del Clap llegan con alguna regularidad y así un largo rosario de realidades. Es decir, las migajas rinden un poquito más, hay que mantener contenta a la gente de la metrópoli, a pesar que las condiciones de infierno del interior del país, están llegando poco a poco a la otrora sucursal del cielo.

En el resto del país los problemas se elevan a una potencia mayor. Colocar gasolina en muchos lugares implica días en una cola, al igual que para llenar una bombona, adicional que los precios están dolarizados. Los subsidios a estos componentes fueron suprimidos por la banda de delincuentes, y los ciudadanos resignados sin protestar en lo mínimo. En las regiones conseguir efectivo en los bancos en la semana de flexibilidad, es todo un suplicio y estar abrigado por la fortuna. El transporte público en algunas localidades es inexistente, así que hay que caminar grandes distancias en una vía pública deteriorada e insegura. El servicio eléctrico, internet y telefónico es intermitente y en algunos casos con racionamientos selectivos. Los habitantes están en una especie de tierra de nadie, donde impera la ley del más fuerte y este es el que tenga más poder político y económico.

La Venezuela actual es horrorosamente distinta de aquella patria de esperanza y progreso. El régimen está construyendo una Nación extremadamente desigual. Este nuevo país muestra las brechas profundas entre los diversos actores sociales, las retoricas canallas del modelo chavista-madurista, muestran un país de fantasía y, la oposición al modelo parece estar ausentes de la esencia del problema. La pandemia en estos tiempos ha propiciado la distracción gubernamental, creando una Nación sin herramientas para solventar las grandes dificultades nacionales. Mientras más cerca se está de las fronteras nacionales, más insoportable es la vida para quien vive del trabajo. Las decisiones se toman en el centro y se deben operar en los territorios. Para asegurar el control central, se ha cedido a una lógica de feudos para lograr la lealtad política, permitiendo el dejar hacer a algunos caudillos regionales, aunque comprometa la política nacional. La situación es más comprometedora, cediendo territorio a grupos vinculados con el narcotráfico y guerrilla. En definitiva, una cosa es lo que diga Miraflores y otra la que se hace en cada región. Esta situación compromete la existencia del Estado-Nación y nos retrocede a finales del siglo XIX.

En la sucursal del cielo, los espacios seguros en los cuales se vive con comodidad, confort y hasta lujo, desmiente las condiciones miserables que se vive en otros espacios controlados por bandas de delincuentes, que imponen su ley, con el consentimiento del Estado. El régimen promete y garantiza el cielo para unos pocos y para la gran mayoría les ofrece el fuego eterno, convirtiendo a Caracas en la capital del infierno. En resumen, una metrópoli con una burbuja de protección para una casta y el resto a merced de las condiciones sociales y económicas que producen un genocidio generalizado.

Caracas se encuentra entre las 10 peores ciudades del mundo para vivir, de acuerdo con el ranking que elabora anualmente la unidad de inteligencia del medio británico The Economist, emitido en los últimos días. El listado se construye combinando indicadores de estabilidad, salud, cultura y medio ambiente, educación e infraestructura. En todos estos indicadores la ciudad esta aplazada y como derivación el régimen. El puntaje de habitabilidad promedio global general se ha reducido en siete puntos, en comparación con el promedio de la puntuación pre pandémica. En la medida en que las ciudades se mantuvieron protegidas por fuertes cierres fronterizos, su capacidad para manejar la crisis sanitaria y el ritmo al que pusieron en marcha las campañas de vacunación, produjeron resultados favorables para su habitabilidad. El manejo de la pandemia ha sido en toda Venezuela deficiente, situación a la cual no escapa su capital. Las cifras sobre contagios y decesos se han manipulado, la infraestructura requerida para atender la crisis es inexistente y las campañas educativas para afrontar el virus y la vacunación ha sido politizada. Estos elementos son concluyentes y no podrán ser ocultados por campañas publicitarias del régimen.

La ciudad mostrando chispazos de esplendor por los tufos de fortuna y riqueza de una casta carente de clase y formación intelectual y, por otro lado, exponiendo la desgracia por las andanzas del Coquí, el colapso de los hospitales, el tráfico de vacunas, las matracas en las colas para cualquier trámite y el fuego abrazador de una urbe infernal.             

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14-06-2021