La tecnocracia evite esta contrariedad: convertir a la tecnología en la antítesis misma de la inteligencia humana (II parte)

En esta segunda parte del artículo, iniciado con la misma recapitulación del primero publicado el 20 de marzo de 2025, el propósito radica en responder a esta cuestión: ¿En qué medida somos, frente a la tecnología, autoconscientes de nuestra inteligencia humana?

Somos quienes encontramos bastante orgullo en su desempeño. Esto implica en nuestra inteligencia el desenvolvimiento de habilidades, y éstas en su mayoría son del tipo de habilidades al que nos gusta poner en práctica.

En esta práctica la IH es autoconsciente de un distanciamiento (Zubiri) respecto al resto de las cosas; en el cual reconoce o que las ha apreciado en forma equivocada o que en ellas sus partes son demasiado rústicas, y en consecuencia, espera refinarlas o modificarlas a medida que avance en su entendimiento.

Somos autoconscientes por la inteligencia de que ésta no colapsa rápidamente ante las novedades que en muchas cosas se le plantean con determinación; esto, con el propósito de alcanzarle mayor inteligibilidad, más bien impulsa en el hombre de inteligencia humana y sintiente, cambios internos de gran importancia.

Somos conscientes de estos cambios internos de gran importancia en la actualidad relacionados al auge tecnológico, y frente a esto emerge esta otra interpelación: ¿Somos bastante autoconscientes de saber interpretar y buscarle soluciones a esta especie de conformismo voluntario al que habilidosamente nos está impulsando el progreso tecnológico?

Somos autoconscientes, estoy seguro, de no pedirle la respuesta de tal pregunta a cualquier operador de IA, porque sería demasiado correcta, y de ella necesitamos una solución, aunque modesta, pero pronunciada en términos razonados desde una inteligencia biológica y cerebral.

Al respecto, nuestra inteligencia ha de ser autoconsciente de una innovación fundamental: desde ella aseguremos que tal respuesta le concierne originalmente. Ningún robot ha aparecido de la nada; dentro de sus mecanismos está la proyección de un viviente del phylum humano.

Ahora bien, además del conformismo voluntario, algunos también promueven con disimulo la resignación al consumo de las fantasías; o sea, nuestra mente está más cargada desde fuera cual depósito, que, encendida y despertada por nosotros mismos (N. Chomsky), para, por ejemplo, apropiadamente identificar a los espejismos tecnológicos, y oponernos a quien con ellos, muy inteligente, muy racional, imagina que los robots serán capaces de la formación de conciencia de sí mismos.

En conclusión, por nuestra inteligencia no somos la antítesis de la tecnología; ésta positivamente conserva su importancia; pero, para allegarse a tal importancia la determinada realización de nuestra inteligencia ha requerido la esmerada compañía de su Hacedor (cf. Job 4, 18) fundamental.

27-03-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com