La tenería de Don Máximo

Por: Ramón Sosa Pérez…

Las Tenerías fueron esenciales en Mesopotamia, Egipto y Roma. En América florecieron con holgura y en los pueblos andinos gozaron de esplendor. En la Edad Media quienes las tuvieron acataron la orden que exigía resguardar a la gente de los olores intensos que expelía el laboreo de lavado y secado de las pieles del ganado, hidratación, encaleado, descarnado, piquelado y curtido.

El oficio tenía sus ventajas porque no todos se dedicaban a la tarea y éstos se reservaban los secretos que en casos pasaban de padres a hijos. La Revolución Industrial arrinconó su esencia y surgieron los medios de apurar el proceso. A lo manual sucedió la máquina para suplantar la intimidad de la Tenería. En el villorrio surandino hubo iniciativas que superaron la medianía del siglo XX.

La Tenería de Don Máximo en Mucutuy, agencia familiar que fue sostén hogareño, potenció un emprendimiento desde principios de 1945 hasta una década más tarde. Fue la suya una casa de hospedería para el caminante y allí paraban los hombres de los arreos en tiempos de Don Máximo El Correo, como lo llamaban vecinos y viandantes.

En aquellos tiempos el Correo iba de ordinario con las correspondencias de pueblo en pueblo cada 2 o 3 meses. En el Macondo del Gabo colombiano, Francisco El Hombre erró por los pueblos del Caribe con un acordeón a cuestas cantando e imaginando historias. A este juglar vallenato lo esperaban con ansiedad porque no siempre eran buenas las que traía su trova picaresca,  

Así, en los pueblos sureños de Mérida un hombre leyenda como Máximo Torres, hacía las delicias de cuanto se enteraba para contarlo con una sana manera de encarar la realidad en ocurrencias espontáneas que heredó de sus antecesores. No eran cantos sino cuentos desde una personalidad que por sencilla y bonachona, avasallaba a sus contertulios de ocasión.     

Rodrigo Torres era su hijo que en suerte de lazarillo tomó el encargo de su padre y por oficio tuvo en mucho tiempo desandar caminos del sur. Amén de la correspondencia oficial y privada que depositaban en tales villorrios, Don Máximo y Tuto, como era el diminutivo del chaval, escuchaban con paciente dedicación historias de épocas pasadas y recientes.

El tiempo hizo al primero habilidoso en el cuento y la invención fantasiosa. De su fabla festiva, característica de su familia en larga data, surgieron siempre curiosas apostillas, tan variopintas que unas eran ciertas y otras se las atribuyeron con tan buen tino que en todas partes eran rumor corrido los cuentos del Correo Máximo Torres, salvando lapsos y distancia.

Padre de numerosa prole, Don Máximo se las imaginaba para proveer la alacena en un constante ir y venir comercial que incluía gallinas, pavos, cochinos y permutas de bestias por cosechas. Lejos de su casa de habitación, casi al final del pueblo y tomando la calle del cementerio, una veguita de cambur, apio y malangá auxiliaba a duras penas el socorro familiar.

En el modesto predio, apenas visible en la vastedad de los potentados, emprendió la curtiembre. Apostados sus hijos en el degüello, esperaban los fines de semana el sacrificio de la res para solicitar el cuero del animal. La tarea comenzaba ahora con el arrastre hasta la tenería donde con pericia Don Máximo giraba las orientaciones para secundar la labor. 

Vendría de seguido la faena de mayor trance en el salado, secado y remojo del cuero de la res. Don Máximo había aprendido el talento que envidiaron luego los pueblos cercanos porque encalar para descartar la grasa era penosa tarea y en pocas ocasiones la delegó en los hijos mayores, quienes por más de 20 años cultivaron el oficio en orgullosa heredad paterna.

Al cabo de los días salían los cueros a otros destinos porque en la tenería de Mucutuy solo había espacio para los pasos iniciales del proceso al que le seguirían el rebajado, el teñido, el engrasado y el acabado con resinas que convertía las pieles en aparejos para la remonta, sillas, aperos, calzado o las piezas de diario uso en marroquinería.  

Su Tenería abastecía la demanda local para atender a los talabarteros que enjaezaban monturas o a quienes fabricaban alpargatas en el caserío. Tuto, el chavalito de confianza, reservó los cuentos de renovado aderezo y que en más de media centuria le dieron el mote de Juglar de Mucutuy, haciendo reír a carcajada limpia a tantos contertulios.

La Tenería de Don Máximo fue una industria familiar que se tradujo, más allá del empleo que satisfizo la despensa hogareña, en el centro más abundante del anecdotario popular mucutuyense de todos los tiempos. Los Torres Altuve apilaron los cuentos, usanzas y fábulas de mayor alcance en la medianía del siglo XX en el sur del Estado Mérida.   

31-08-2025