Al finalizar el 2017, Venezuela apura las semanas finales de un año aciago. Bajo las condiciones del momento que entraban el desempeño de lo que deberían ser los dinamismos espontáneos de nuestra sociedad, solo es posible afrontar con algún ánimo la perspectiva nacional gracias a la tormenta perfecta que se ha instalado en el país, cuyos efectos nadie podrá eludir, y a la solidaria comprensión de la comunidad internacional con Venezuela. Se hace imperioso tomar consciencia de las tendencias que gobiernan en la actualidad a las fuerzas que protagonizan la confrontación de la que parece depender el destino nacional. De una parte el gobierno. Después de 19 años de identificar e inventar supuestos enemigos en la andadura de un camino del que se dijo que llevaba al socialismo del siglo XXI, nombre de conveniencia en la edificación de un régimen totalitario y muerto el líder fundador, hoy está decidido a completar la faena de la mano de la fuerza armada nacional que ha pasado a ser el verdadero hegemón del proyecto. De otra parte los núcleos opositores, sin unidad real, carentes de una guía política compartida y presa de la mediocridad de un liderazgo que ha incurrido en el imperdonable error de anteponer, a pesar de la sedicente unidad, sus intereses personales y grupales a los del país.
El período que se ha abierto en la nación entre el momento de instalar el gobierno la anticonstitucional farsa de la asamblea constituyente y el establecido para elegir al nuevo mandatario nacional a fines de 2018 va a estar cubierto por una sucesión caprichosa y arbitraria de eventos electorales en los que la constituyente espuria, el CNE, el TSJ y los demás órganos del poder público nacional no serán otra cosa que los operarios subalternos encargados de ejecutar la voluntad militar que ya en la elección del 15 de octubre, en lugar del CNE, asumió la apertura y clausura del proceso y todo el manejo de su desarrollo. En semejantes condiciones hay que tener un mínimo de preparación y una orientación básica para enfrentar el convulsionado proceso social que inevitablemente sobrevendrá cuando el colapso general de nuestra economía, la ingobernabilidad cada vez más creciente del país y el funcionamiento anómalo, áspero y lleno de agresividad de la sociedad hagan sentir sus efectos. Por todo lo cual estimamos que deben atenderse, cuando menos, los siguientes requerimientos:
1. Es impostergable propiciar una discusión abierta sobre la unidad posible y necesaria para lograr un cambio político. El papel de la oposición en esta nueva etapa, luego de haber puesto al desnudo el carácter dictatorial del régimen, es la conformación de un gran Frente Nacional de lucha por el rescate de la democracia y las instituciones, y por la implantación de un modelo económico que genere prosperidad, riqueza y justicia social, con un liderazgo ampliado y renovado, de carácter social, político y popular que incluya a la sociedad civil y a todas las fuerzas que, aún dentro del gobierno, han ido constatando la magnitud del fracaso y las perversiones que lo caracterizan. Un liderazgo cuya principal preocupación sea subsanar el hambre y la pobreza, la escasez, la inseguridad y la pérdida de la institucionalidad democrática, cosa que solo es posible el día que una avalancha de fuerzas activas y en permanente movilización logre que se respete y aplique la Constitución Nacional, se nombre un nuevo árbitro electoral merecedor del respeto de los venezolanos y se reconozca la separación de los poderes públicos.
2. Debe acometerse desde ya la búsqueda del venezolano o de la venezolana que pueda encarnar las esperanzas de un cambio político y esa búsqueda no solo no debe quedar confinada a los cuadros directivos de los partidos políticos sino que pudiera ser un mensaje esperanzador para la colectividad nacional el que los líderes cuyos nombres han sido asomados a la opción candidatural se hagan a un lado y faciliten encontrar, mediante elecciones primarias o por consenso la persona capaz de encarnar la transición.
3. Puede representar la repetición innecesaria de un error ya cometido hacer mutis de los escenarios electorales previsibles a pesar de su contaminación antidemocrática. La actitud general básica de los demócratas debe ser la de participar aun en las peores condiciones y denunciar, dentro y fuera del país, toda irregularidad, burla de las leyes electorales y violación de los principios democráticos, tanto como preservar que la participación en eventos de este tipo pueda significar, por vía del reconocimiento político explícito o tácito de organismos sin existencia constitucional, como la llamada asamblea nacional constituyente, el desconocimiento de los fundamentos de la democracia o la humillación de la dignidad ciudadana de las personas que participen en las elecciones por tratarse de condiciones que no existen ni en la Constitución ni en las leyes. Mérida, 30 de octubre de 2017.
-José Mendoza Angulo -Néstor López Rodríguez
-Miguel Rodríguez V. -Genry Vargas Contreras




