La universidad y el riesgo de acostumbrarse a perder

Por: Angel José Andara *

Hay escenas que deberían estremecer a cualquier sociedad que se pretenda viva: aulas semivacías, profesores que han dejado de investigar porque sobrevivir consume toda su energía, estudiantes que ya no ven en la universidad un proyecto de vida, sino una estación de tránsito hacia la emigración. Laboratorios detenidos en el tiempo, bibliotecas desactualizadas, proyectos que nunca llegaron a concretarse.

Lo verdaderamente alarmante no es que estas escenas existan, sino que han dejado de escandalizarnos.

Durante años hemos explicado —con razón— la destrucción del sistema universitario venezolano como consecuencia de decisiones políticas, asfixia presupuestaria y abandono institucional. Ese diagnóstico es correcto, pero incompleto. Existe una dimensión más profunda, más incómoda y menos discutida: la universidad venezolana no solo ha sido deteriorada; también se ha habituado a su propio deterioro.

Cuando una institución se acostumbra a su degradación, entra en una fase aún más peligrosa que la crisis misma: la normalización del colapso.

La adaptación es un mecanismo humano de supervivencia. En contextos adversos, permite resistir. Pero también puede convertirse en una forma silenciosa de derrota. Nos hemos adaptado a salarios indignos, a infraestructuras precarias, a la pérdida de calidad académica, a la fuga de talento. Nos hemos adaptado tanto que hemos dejado de percibir la magnitud de lo perdido. Más grave aún: hemos comenzado a ajustar nuestras expectativas hacia abajo, como si la precariedad fuese el nuevo estándar.

En ese proceso, el discurso universitario también ha mutado. De la denuncia firme hemos pasado, en muchos casos, a una narrativa repetitiva, casi ritual, que describe la crisis sin interpelarla de manera efectiva. Se denuncia, sí, pero también se convive con ella. Se critica, pero se tolera. Se señala, pero no se transforma.

Más preocupante aún es la instalación de una cierta comodidad en la queja. El relato del deterioro, cuando se vuelve permanente, corre el riesgo de sustituir la acción. Una comunidad que se define únicamente por lo que padece termina limitando su capacidad de imaginar lo que puede construir. La queja sin horizonte se convierte, así, en una forma de inmovilidad.

Esto no implica desconocer responsabilidades externas. Sería ingenuo hacerlo. Pero reducir el análisis a esas causas constituye, en el fondo, otra forma de evasión. Porque desplaza una pregunta esencial —incómoda, pero necesaria—: ¿qué parte de esta realidad hemos terminado por aceptar como inevitable? ¿En qué momento dejamos de exigirnos estándares que antes considerábamos irrenunciables?

La universidad no es solo un espacio de creación y transmisión de conocimiento. Es, o debería ser, un ámbito de tensión intelectual, de cuestionamiento permanente, de exigencia y de construcción crítica. Una institución que interpela, que eleva y que orienta. Cuando pierde la capacidad de marcar estándares y de inspirar a su entorno, comienza a diluir su papel en la sociedad.

Hoy enfrentamos, entonces, un doble desafío. Por un lado, la reconstrucción material e institucional de la universidad: salarios dignos, financiamiento adecuado, infraestructura funcional y condiciones reales para investigar y producir conocimiento. Ese es el nivel más visible y urgente.

Pero existe otro desafío, menos tangible y mucho más complejo: la reconstrucción de su carácter.

Recuperar ese carácter implica, en primer lugar, romper con la inercia de la resignación. Supone rechazar la normalización del deterioro, no solo desde el discurso, sino desde prácticas concretas: elevar nuevamente los estándares académicos, exigir calidad incluso en condiciones adversas, reactivar espacios de debate genuino y reconstruir comunidades académicas que no se definan únicamente por la supervivencia, sino por la aspiración.

Implica también recuperar la voz. No una voz que repite diagnósticos, sino una que propone, que orienta y que contribuye a ordenar el debate público. La universidad no puede limitarse a describir la crisis del país; debe ser un actor capaz de contribuir a redefinir su rumbo.

Y, quizás lo más complejo, implica reconstruir la ética interna: volver a colocar el mérito, la responsabilidad, la exigencia y el compromiso en el centro de la vida universitaria. Sin esa base, cualquier intento de reforma será necesariamente superficial.

No se trata de desconocer la magnitud de las dificultades, sino de evitar que estas definan completamente lo que somos.

Porque no se puede transformar lo que ha dejado de doler, ni recuperar aquello que ya no se cuestiona.

El mayor riesgo no es la precariedad, sino la resignación.

Sin embargo, toda normalización puede romperse, toda inercia puede revertirse, y toda institución que alguna vez fue capaz de pensar críticamente puede volver a hacerlo.

La cuestión no es si es posible recuperar la universidad, sino si estamos dispuestos a dejar de aceptar su deterioro como una condición permanente.

Cuando una sociedad pierde su capacidad de incomodarse, pierde también su capacidad de transformarse. Y es precisamente la universidad la llamada a liderar ese proceso de transformación intelectual, ética y social.

 *Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA

Representante profesoral al Consejo Universitario

14-04-2026

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