Por: Rosalba Castillo…
Nuestros más lejanos recuerdos están relacionados con amores que siempre han permanecido en el tiempo, pero también nos conectan con objetos reales que conservamos físicamente o los hemos guardados en alguna gaveta de nuestra subconsciente. El poder de esa presencialidad constante del ser humano define sus emociones. Recibir en estos días navideños de manos de un cómplice de vida, un ejemplar antiguo del L´ Art en Photographie en una edición en francés, marcado por una época en sus páginas amarillentas, en buen estado de conservación, aunque sin datos de procedencia, despertó historias en mi corazón que habitan en el mundo. Los nuevos tiempos han dejado atrás el relacionarnos con cosas. Ahora nuestras vidas se conectan, con deseos digitales que se vinculan con plataformas, con likes, con posteos que tal vez nunca pueden ser reales.
La era virtual nos tiene atrapados en estar siempre en la inmediatez de vivencias que permanecen instantes en nosotros pues navegamos de una red a otra, de una conversación a otra, de una relación a otra, sin darnos tiempo de tener presencia, dejándonos una sensación de soledad y vacío, queriendo llenar nuestros espacios, para volver una y otra vez a esa autopista digital para sentirnos finalmente perdidos. Nunca es lo mismo leer un PDF que poder sentir la textura del papel de ese libro que sin necesidad de batería podemos tener en nuestras manos. Justo allí repensamos el cómo estamos relacionándonos con lo tecnológico, sin dejar de preguntarnos por el ser de las cosas, como lo hacían los filósofos presocráticos. Nos estamos desplazando hacia un lugar que desconocemos. Nuestra vida más allá de la virtualidad parece que se nos está desapareciendo.
Validamos la tecnología, pero nos estamos desdibujando en sus prácticas. Hemos perdido la capacidad de construir desde nuestro ser. De disfrutar la textura del papel, el aroma de nuestro café, pues ese instante se desvanece ante las infinitas posibilidades que nos ofrece el mundo virtual. Perdemos el interés por las personas en momentos. La pandemia nos ha acelerado el proceso, aunque ha sido un elemento que nos ha dado la opción de encontrarnos de manera diferente. Pareciera que todo va enmarcado a que nuestra vida sea solo entre pantallas. Nuestro cerebro se resiste a la perdida de esa concentración para la que hemos sido diseñados y estamos entrando en colapso. Vivimos flotando entre la ansiedad, el estrés, la depresión y la soledad. Tenemos la posibilidad de relacionarnos con innumerables personas, pero escasamente tenemos con quien compartir y hablar desde nuestro corazón.
Nos resistimos a la desaparición del otro. Ya los encuentros son más escasos, a pesar de saber dónde están nuestros amigos, nuestra familia, sin embargo, ni siquiera les llamamos, nos conformamos con los stickers para saludarlos al despertar y al anochecer. Se nos hace tan difícil colocar límites a esta inteligencia artificial. Se hace necesario salir de esa zona de confort a la que nos está llevando el individualismo al que nos conduce el mundo de la tecnología. Está en camino el metaverso, ese mundo virtual, al que nos conectaremos utilizando dispositivos que nos harán sentir que realmente estamos en él. Nos transportaremos a un espacio totalmente nuevo, al que ya venimos acercándonos desde hace tiempo. Terminaremos haciendo las mismas cosas que hacemos hoy, solo que sin salir de casa. No estamos preparados aún. Tal vez nunca lo estemos.
Podremos ver conciertos y participar en ellos, solo que me resulta imposible creer que logremos sentir esa magia que nos produce la sala, sus músicos y su gente, esa energía que nos eriza la piel y en siempre nos transporta en un viaje por nuestro ser. La importancia antropocéntrica pareciera desplazarse hacia un lugar que todavía no conocemos, nos dice actualmente Byun Chull Han, filósofo alemán, de origen surcoreano en su reciente libro. La educación, el teletrabajo, el entretenimiento se han visto parcialmente resueltos con la virtualidad, sin embargo, la inquietud va más allá. Los niños necesitan socializar con otros compañeros y no hay mejor aprendizaje que el compartido con sus pares. Los lugares de citas ofrecen encontrar múltiples opciones de parejas. Rápidamente podemos conectar con tantas personas que en realidad no logramos estabilidad con ninguna. Siempre con la ansiedad de estar perdiendo otras oportunidades que nunca sabemos si pueden resultar. La venta de servicios por la vía en línea ha ganado clientes que reciben en sus puertas los productos. Contamos nuestros seguidores cada despertar, sin conocer a nuestros vecinos. Nos importan los likes, son un solo un elemento tan superficial. Cada día le damos más hora a las pantallas. Nos sentimos tan felices con esta tecnología pues nos ha resuelto momentos difíciles en la vida. No podemos perder de vista que ella no sustituye la presencialidad. La cohesión social depende del contacto presencial en la medida que podamos permanecer juntos.
11-11-2021



