Por: Ramón Sosa Pérez…
En el periplo que va de 1558 a 2025, ¡vaya ciclo!, la ciudad de 467 años ha visto correr mucha agua bajo el puente. Hay traza de rebeldía en hechos de derivación histórica como su fundación en desafío del bizarro extremeño que la emplazó sin visado legal, la creación inicial de la Casa de Estudios con el franciscano Ramos de Lora, la separación de Mérida de Maracaibo en el grito septembrino de 1810 y el consecuente decreto que a propuesta de la Junta Superior Gubernativa dio estamento civil a la vida académica de la villa.
Estas, entre otras, expresan la condición contestataria que empareja nuestra historia en tanto los primeros que aquí llegaron le arrimaron las señas que más tarde la igualaron. Los Viajeros de Indias reseñaron la estampa hallada en sus gentes, pero también hablaron con puntilloso detalle de su cosmogonía y un razonamiento que en el tiempo ha devenido en la teoría del ascendente que sobre sus moradores ejerce el espacio telúrico y ese determinismo como clave para entender mejor al merideño de todas las épocas.
Al lado de los factores vitales citados, en tiempos recientes Mérida fortaleció su vocación cosmopolita que a través de las generaciones ha convertido en punto de encuentro y destino de vida para muchos, ya por su inclinación a la promoción de los valores del espíritu y del humanismo como al desarrollo de notorias habilidades y destrezas para la creación y el trabajo. El suyo es siempre un espacio que convoca a la promoción de lo bueno, de lo positivo, de lo grande, con aforo para todas las corrientes del pensamiento.
No pretendemos siquiera calcar a la Mérida contemporánea como la isla que resiste sola ante la vorágine de la incertidumbre, duda o desgano que vive la sociedad presente. Al contrario, su gente congenia entre esos elementos con la marcada diferencia que en el tiempo los merideños hemos demostrado nuestra propia capacidad de resiliencia, esa que nos permite ser puentes de humanidad hacia lo positivo y lo trascendente ante que muros deteniendo el ascendente natural de quienes aquí moran, por generaciones.
En esta tierra andina hay sobradas razones para construir la sociedad que nos merecemos desde el afán creador que la historia nos ha fijado. Cada merideño es portador diligente de un fardo de esperanza que nos mueve hacia mejor destino, como investigadores, trabajadores, científicos o impulsores de la sociedad que se hace vital en cada iniciativa y desde cualquier espacio. Somos en la medida que se nos ayuda a ser pero también en la medida que ayudamos a ser porque el ser es un hacer constante.
A 467 años de fundación, la ciudad festejante se empina para ratificar su vocación por los valores que la distinguen desde siempre en el gentilicio merideño que es probidad, trabajo, esfuerzo, estudios, creación, voluntad, solidaridad, disposición y compromiso ciudadano ante los retos y desafíos por venir. Si en el ayer distante, con mayores esfuerzos, tropiezos y dificultades, nuestros hermanos hicieron tanto por su tierra, hoy no podemos cruzarnos de brazos porque la ciudad serrana espera siempre más de sus hijos.
Nos congratulamos con la urbe que jubilosa arriba en 2025 a un nuevo aniversario, en la certidumbre de su fortaleza histórica que en otros tiempos fue capaz de alzar a sus prohombres en la búsqueda del ideal de independencia, esos mismos que se hicieron legión tras los fastos de la libertad acompañando al entonces Brigadier de la Unión Simón Bolívar en 1813. Su estada de 18 días en la villa serrana son un privilegio en la fragua libertadora, a tenor de los logros que luego registra la Campaña Admirable.
No en vano ostentamos el título de Ciudad Bolivariana de América, habida cuenta que en suelo andino se enhebraron los episodios de la gesta libertadora que afirmaron el ideal de justicia concebido por Bolívar: aquí reclutó al más bisoño de sus soldados, el mismo que levantó el primer monumento a la Gloria del Prócer en 1842, en esta villa una dama hizo la primera donación de su patrimonio a la causa en 1813 y, además tenemos el privilegio único que el himno regional de Mérida acopia el único verso que escribió Simón.
Decenas de datos análogos pudieran respaldar esta crónica pero apenas pergeñamos lo que expresa el talante merideño desde su hechura ciudadana a través de breves pinceladas que abocetan la muy privativa condición de buenos en lo que se proponen, sin que haya un espacio preferente que prive sobre el otro. Un merideño será tan buen humanista como científico, relevante escritor o sobresaliente creador de las artes. Su compromiso no distingue fronteras y su capacidad de darse a los demás es ilimitada.
Felicidades a Mérida en sus 467 primaveras.
12-10-2025




