Las Chalanas de Apure y la Catara amazonense

La oscuridad, casi dueña del firmamento, estaba acompañada por una que otra estrella que titilaba tímidamente y el sonido del viento sobre la sabana apureña.

La carretera llegaba a su fin justo en las márgenes del río Capanaparo; no había puente que cruzar. ¿Cómo continuaría la travesía iniciada doce horas antes en la ciudad de Mérida?

De repente, se escuchó un lejano ruido en la inmensidad del río y un punto de luz amarilla acercándose; era un pequeño bote con la misión de cruzar el autobús hasta la otra orilla.

La embarcación se colocó al costado de una plataforma metálica flotante (chalana), que apenas tenía espacio para el vehículo (las ruedas prácticamente rozaban el agua) y comenzó a empujarla con facilidad y destreza en una dirección conocida solo por los “chalaneros”. Tenía mucho sentido, pues ellos nacieron y crecieron en esas indómitas tierras llaneras, hasta el punto de que, antes de dar sus primeros pasos, aprendieron a nadar en el Capanaparo.

Tras cuarenta minutos de recorrido, la “chalana” se posó en la margen opuesta y, ¡oh sorpresa!, de nuevo apareció el asfalto; aunque no de forma definitiva, pues más adelante aguardaban dos cruces adicionales sobre los ríos Cinaruco y Orinoco.

Con los primeros destellos del alba, apareció la ribera oriental del Orinoco, puerta de acceso natural al Amazonas venezolano. Atrás quedaron las sabanas que inspiraron al escritor Rómulo Gallegos para describir en Doña Bárbara la identidad del llanero y sus vivencias en un territorio inhóspito, misterioso y aún por descubrir.

Un cartel anunciaba ochenta kilómetros hasta el destino: Puerto Ayacucho. Monolitos cubiertos con líquenes se intercalaban en la carretera con esporádicos parches de bosques de galería, muy útiles para refrescar los casi 41 °C que figuradamente podrían derretir el asfalto.

Al margen derecho del camino, brotaba de nuevo el Orinoco. De sus casi 2,140 kilómetros de longitud, este corto tramo es el único que no se puede navegar debido a los desniveles y a las gigantescas rocas moldeadas por el efecto erosivo de las aguas.

El viaje, hasta el momento, había sido un crisol de emociones y experiencias. Bastaba recordar el paso por los médanos de Apure (los más extensos de Venezuela), la colorida variedad de aves endémicas, la contemplación de las faenas llaneras para conducir por la sabana miles de cabezas de ganado y alucinar con los pescadores que aprovechaban el paso de las reses por los ríos para atrapar peces como las pirañas. Que, en contraposición a su buen sabor, cuentan con poca carne y muchas espinas.

Hubo un momento en que el agotamiento pudo más que las emociones de los estudiantes, quienes pidieron detenerse en una rústica construcción de adobe y palmas para comer y estirar las piernas.

Los platos que se ofrecían eran autóctonos, elaborados con ingredientes y recetarios propios del Amazonas. En el menú, hubo uno que llamó la atención por su nombre divertido: “Palo a pique”, consistente en arroz con frijoles rojos, carne de cerdo o res, tajadas (plátanos maduros fritos) y un toque especial de Catara. No sonaba mal, pero sí retador, luego de que la cocinera explicara que se preparaba con extracto fermentado de yuca (mandioca), ajo, cebolla y ajíes picantes, muy picantes.

El chofer se incorporó en el momento en que tomaron la comanda; no supo la totalidad de componentes de su plato y, sin dudar, aceptó el reto de los estudiantes de aderezar su comida con harta Catara. Craso error: fue el primero en correr hacia las habitaciones cuando entregaron las llaves del Campamento próximo al río Cataniapo.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

10 de marzo del 2026

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