Las tatarabuelas de Jesús

Tamar, Rahab, Rut y Betsabé

Hay una palabra cuya realidad engloba todo ser humano: se trata del término genealogía. También Jesús, Hijo de Dios, nacido de María, tuvo la propia, narrada en Mateo 1, 1-17, correspondiente al evangelio de este jueves, y en Lucas 3, 23-38. Mateo aspira mostrar el linaje regio de Jesús, acentuándole la jurisdicción al trono de David y la apreciación de Mesías.

Asimismo patentiza que Jesús era genuino judío, por medio de la figura de Abraham. Por ende, el número 14 (Mt 1, 17) significa perfección, porque los miembros constitutivos de la genealogía de Mateo, son el resultado de la suma de tres generaciones. Esto trasluce que el abolengo regio, el orden de la sección de nombres y la historia judía fueron acordados desde un propósito divino personal y logrado. De hecho, Jeremías (23,5-8) anota:

«Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que daré a David un vástago legítimo». Estas palabras encajan con las de la primera estrofa del Salmo 71: «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud». Ahora, ¿qué enlace hay entre estos dos párrafos del Antiguo Testamento con el evangelio? El enlace radica en la palabra justicia. Al tomar los nombres apuntados por Mateo en un sentido tan árido —tal cual aparece en la— la voz justicia podría ser un desesperado afán que, con premura no conduciría a nada. Realmente, en la genealogía, aparte de los nombres masculinos, hay cinco femeninos: Tamar, Rahab, Rut, Betsabé y

María. Según estos nombres Mateo resalta el protagonismo de la mujer en la historia de la salvación, y desvela dos objetivos. 1. En la antigua sociedad hebrea, estrictamente patriarcal, la presencia de nombres femeninos en la elaboración del catálogo genealógico, quedaba un poco o quizá completamente restringida. La mujer empezaba el turno y lo terminaba siendo madre de familia y desempeñando todo lo relativo al hogar. Y, 2. La personalidad de estas mujeres, en particular Tamar, Rahab, Rut y Betsabé, presenta una irregularidad: pecadoras. Por ende, para Mateo, ¿no existirían otras mejores a lo largo de las generaciones desde Abraham a Jesús? ¿Qué correcto ofrecen a la familia humana de Cristo Tamar, la incestuosa, Rahab, la prostituta, Rut, la excomulgada y Betsabé, la adúltera? Así pues, Mateo, en lugar de eludirlas, ceñirlas a la condición pecadora, les brinda un privilegiado espacio donde conciertan con la estirpe humana de Cristo. Por supuesto, el formar parte de esta familia genera sorpresa, pero también la seguridad de saber qué es lo que Dios está haciendo.

Tamar (Gn 38, 1-30): le mueren dos maridos Er y Onán; el suegro, Judá, preocupado y desconfiado no le da al hijo menor, Sela. De esta forma la ley de liverato no se cumplía. Urde un plan, y al cruce del camino de Timna llegó disfrazada de prostituta; al pasar su suegro, requiere sus servicios. En calidad de resguardo del pago –un cabrito– él le dejó su anillo, su cordón y el bastón. Tamar quedó embarazada y al saberlo Judá ordenó sacarla de la casa y quemarla. Esto ocasionó la segunda parte de la estrategia, pues le envió las pertenencias a Judá diciéndole: el papá del hijo que llevó en el vientre es el hombre a quien pertenecen estas cosas. Por tanto, ¿mujer disoluta o inteligente? Fue una brillante estrategia en la que arriesgó hasta el último hálito vital con el fin de lograr descendencia y evitar el escarnio al que la sometía la situación de haber estado casada sin poder engendrar; en efecto, Mateo señala: «De la unión de Judá y Tamar nacieron Farés y Zera» (v.3). Ciertamente, esta frase del evangelista esclarece que Tamar calculó una dosis de astucia con la cual evitó un mal que emplea menos tiempo que dicho cálculo en reproducirse.

Rahab (Jos 2, 1-21): Era prostituta al momento del arribo de Josué a las afueras de Jericó. Él envía espías a la ciudad con el objeto de evaluar los escenarios para el asedio. Son descubiertos y Rahab los salva ocultándolos y luego dejándolos deslizar por la ventana de su casa construida junto a la muralla. Sin duda, esta acción, salvarle la vida a los espías, también garantizó la de Rahab y su familia; ya que cuando Josué entra a Jericó, recibida esta orden de los espías, Rahab amarró un cordón de hilo rojo en la ventana por donde los había hecho bajar, recordándoles la promesa de no agredirla. De esta manera, Rahab fue una fiel intermediaria de los planes de Yahvé, y más han de recordarla por esto que curiosearle lo que hacía. De hecho, «Salmón –escribe Mateo– fue padre de Booz y Rahab su madre» (v.5).

Rut: La biografía de este familiar del Salvador está en los cuatro capítulos del libro que lleva su nombre. La legitimidad —no era judía, sino de Moab, pueblo pagano y aborrecido por el israelita (cf. Dt 23, 4; Neh 13, 1-2)— la coloca ante una prueba colosal: tener descendencia dándole continuidad al apellido de Elimelec, esposo de Noemí, madre de Majalón, esposo de Rut, muerto sin dejar posteridad. Al respecto el rol de Rut era minúsculo, pero el deseo de ayudar a su suegra, ulteriormente al fallecimiento del esposo y los dos hijos (Majalón y Guilyón), no quedó atascado en un tipo de meras experiencias psicológicas o probables, sino que tal deseo fue relevante e inquebrantable; de hecho Rut 1, 16 acentúa:

«No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues adonde tú vayas iré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios». Las dos viajaron a Belén, y allí Rut irá a los campos de cebada de Booz, y como era tiempo de cosecha, el patrón dejaba tomar las espigas caídas por el suelo a los necesitados. De este modo Rut favorecía a Noemí. Sin embargo, en tal labor Booz centró la atención sobre ella, se enamoraron, y, aconsejada por Noemí, Rut le comunica a Booz la voluntad de ser su sierva y esposa.

Todo ello progresó al ritmo de un arduo trabajo; una mujer cuyo pueblo exhibía un espacioso panteón, extranjera, enviudada, pero que podía seguir ahí y amasar fortuna, prefiere los sacrificios exigidos por la constancia en la recta intención, la cual para ella no consistía en una sumisión ciega a las reglas o en un subproducto que diera más preferencia a las censuras —excomulgada, por ejemplo— que a la libertad humana, tantas veces apocada con aspereza por secuelas culturales o fenómenos cotidianos; en efecto, Mateo subraya: «Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David» (vv.5-6) Betsabé (1Sam 11-12): Mateo no menciona su nombre; indica: «David engendró de la mujer de Urías a Salomón» (v.6). El pecado de David y Betsabé no fue una fábula, fue un suceso consumado: adulterio. Por ende, si Mateo no alude el nombre –Betsabé– con la intención de no hacer parecer verdadero lo que otros consideran falso, es porque con ello haría sobresalir la afición a las críticas repugnantes, y de este modo la actividad mística y creadora del lector estaría reducida a la incapacidad de hablar el lenguaje conciliador de Dios. Por supuesto, Betsabé obsequió a David agrados pero también aflicciones; no obstante, su actividad en relación a la historia de la salvación, tampoco es extraña ni poco comprometida, porque el autor de tal historia, Dios, no la trabaja con toscas restricciones, sino con elecciones sobre hombres y mujeres de carne y hueso, sensatas y labradas confidencial y razonablemente.

En efecto, la creatividad divina no es temperamental, porque Dios mismo es la norma infalible, bondadosa, por la cual el hombre modera las críticas en relación al otro o a los otros; en consecuencia, tal creatividad es espaciosa como la descripción final de Mateo de los antepasados de Jesús:

«El total de generaciones, desde Abraham hasta David es de catorce; desde David hasta la deportación de Babilonia, es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, es de catorce» (1, 17).

La reflexión está apoyada en: DA CAMPO, Lino, «Cinque donne alla culla di Gesù. Tamar e Rahab», en:

http://labibbiaelavita.blogspot.com/2013/01/cinque-donne-alla-culla-di-gesu-tamar-e.html

[Visto: 23/11/2023]

Jueves 17 de diciembre de 2023

Pbro. Horacio R. Carrero