Llegó el mes de agosto y por consiguiente las redes sociales y las cableras muestran infinidad de imágenes de destinos paradisíacos y planes fantásticos para estos días. Pero, qué hay de la vida de los miembros del llamado gremio educativo, especialmente los maestros.
La nueva generación desconoce que por décadas los maestros venezolanos empleaban el pago que se recibía por concepto de vacaciones en mejorar las condiciones de la planta física de su hogar, en adquirir o cambiar por un modelo más nuevo el vehículo, en viajar a las playas o incluso hacia el exterior. Hoy la penosa realidad es que lo que pagaron no alcanza ni para una compra decente de alimentos que incluya suficientes proteínas y cereales.
A los llamados maestros nacionales se les pagó además de los poco más de mil trescientos bolívares que contempla el contrato colectivo un “bono especial” de unos sesenta dólares aproximadamente. A los maestros estadales y municipales sólo se les pagó mil trescientos bolívares, poco más. Cabe entonces la pregunta sobre sí existen en el país maestros de varios tipos de importancia. Indisponibilidad presupuestaria es la magra respuesta.
Cómo llegan los maestros a sus puestos de trabajo, cómo se visten, cómo y de qué forma se alimentan, cómo costean sus enfermedades, cómo resuelven las condiciones físicas de sus aulas, cómo se pueden seguir formando; parece que es lo de menos. En septiembre la necesidad mostrará de nuevo su cara menos amable en el retorno a un sistema educativo edulcorado de falsas promesas.
Luis Alberto Morales
03 de agosto de 2026



