Le pusieron el nombre de Jesús

(Lucas 2, 16-21)

El Ángel comunicó a José y María el nombre del niño: Jesús. Y en su nombre comenzaron a comprender su misión: Yavé salva.

A este nombre, guiados por José y María, afluyen grandes muchedumbres, no exclusivamente en los días de sus festividades principales, sino asimismo de modo personal en la vida cotidiana del campesino, del profesional, del consagrado o consagrada, del niño, del adolescente, del joven; porque en multitud o en la privacidad de cada quien percibimos la eficacia de este resguardo material y espiritual: “El Señor te bendiga y te guarde”.

De hecho, el Ángel le dijo a José: “Le pondrás el nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21); y en este sentido el evangelio de este 01 de enero de 2026 rubrica en referencia a los pastores: “Contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos los oían quedaban maravillados”.

El tenor de estos dos pasajes escriturísticos nos subrayan que el pequeño Niño, amparado por José y María, es Señor de toda la tierra, cuyo poder se manifiesta tanto en la historia colectiva como en la experiencia personal.

Ante tal poder, a ejemplo de Santa María Madre de Dios, permanezcamos un instante silencioso, que en él incluyamos la sencillez, porque sería ingrato decirnos: se nos ha ocultado y no sabemos cómo.

Al contrario, al ritmo de la expresión semítica, “guardar en el corazón”, escrita en griego por Lucas, (symbállousa en te kardía), y referida a la Virgen, meditemos, confrontemos interiormente, con el regocijo espiritual que escapa a una convicción profunda, el beneplácito del Padre que ha enviado a su Hijo, para rescatarnos de una obligación legalista que nos vuelve mecánicos, y hacernos hijos suyos (2ª lectura).

Por ende, la bendición del Señor trazada en la 1ª lectura no suscita un movimiento de satisfacción mística imperceptible, especialmente en este inicio del año 2026.

Ella hemos de interpretarla con humildad, pues el hombre en Cristo es siempre digno de ascender, no de descender.

Por eso, él conserva en sus proyectos una honestidad que lo hace distinto a los demás.

Cierto, la honestidad no la ganamos con dinero, pues la bondad surgida de ella nos haría más bien pasar muy malos ratos.

Esa bendición, entonces, ha de hacernos entender el por qué es fácil ser bueno, pero muy difícil ser justo.

Sin embargo, en el desempeño de labrar el equilibrio entre ser bueno y justo, he ahí que nuestros propósitos siguen la cadencia de la bendición:

“El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz”.

01-01-2026

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com