Cuando expreso en este título «Lectura y esperanza» (en el del jueves 15-10-26 indiqué «Lectura y trabajo»), ¿estoy a la vez afirmando que, mediante la lectura, entendemos inicialmente a la esperanza como la capacidad de resistencia? No. Porque esa capacidad algunas veces solo sorprende agradablemente; otras, en mayor número, no. Desde luego, la esperanza robustecida por la lectura deja de ser un puro adjetivo o un entusiasmo pasajero, y al infundir su firmeza en la mente y en el corazón de los lectores, y de ellos en quienes los escuchan, la esperanza llega a ser más flexible, pero no débil.
Por un lado, llega a ser más flexible porque la estructura de una variedad de lecturas puede ser rígida, pero no más fuerte que la esperanza de obtener de ellas, además del análisis, una interpretación realizable en las clases más desfavorecidas, muchas veces seducidas por modos muy sofisticados de explotación.
Por otro lado, la esperanza nutrida en la lectura no es débil, ya que de ninguna forma es una invención de la lectura; por consiguiente, es sumamente fuerte en la mente, en los corazones y en las manos de muchos hombres y mujeres, con el objeto de no ceder a los manipuladores de la opinión el fértil y amplio campo de la educación. De lo contrario, estaremos corriendo tras los cambios de humor de tales tertulianos (por ejemplo, la fiebre digital frente al frenazo del papel; de las «inteligencias múltiples» y «los estilos de aprendizaje» a su rechazo; o la prohibición e integración exprés de la inteligencia artificial).
Con lecturas constructivas y motivadoras, la esperanza se nos da como la medida justa de lo que podemos y de lo que no podemos hacer; por eso comprendemos que los conocimientos que se nos brindan en un taller de APEP, por ejemplo —aquí en la parroquia Santa Elena, Diócesis de Acarigua-Araure, tenemos Cocina, Corte y Costura, Computación y Manualidades para niños de 5.º y 6.º grado—, no son originalmente una propiedad totalmente intransferible, porque quien los aprende no es más propietario de los mismos de lo que otros pueden serlo gracias a ellos (los aprendices).
He ahí una de las ventajas alcanzadas con la lectura y la esperanza, y por la cual muchos maestros, profesores y facilitadores de algún oficio responden sin titubeos a este interrogante: ¿qué va a ser de esa vulnerable humanidad que tienen bajo su cuidado pedagógico frente a otras instancias más fuertes? Por mi parte respondo: hacer de ella —humana, educativa, moral y espiritualmente— una vulnerabilidad fecunda, puesto que les despiertan a los niños y niñas la preferencia por algún trabajo, enseñándolos a no depender meramente de lo que hace la experiencia de los demás.
Es cierto: con lectura y esperanza, los pensamientos y actos de maestros, profesores y alumnos no están suspendidos en el barómetro de las apuestas ni corriendo tras los cambios de humor de este o aquel comentarista, ya que no están formando a un futuro profesional, técnico o trabajador del campo para complacer la veleidad de los demás, sino para ayudar a la sociedad a salir de la ignorancia o de las ideas equivocadas. Eso también es trabajo y esperanza.
22-10-2026
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com


