Lectura y paciencia

Tengamos paciencia al leer y así continuaremos trabajando al lado de esa incombustible práctica.

¿Estar ante un libro es estar ante alguien, como para pedirle que nos tenga paciencia? Realmente no. El libro fue escrito por alguien que tuvo mucha paciencia al redactarlo. Por eso es bueno devolver lo que a través de él se nos da: no un conocimiento mezquino sobre algún tema, sino uno ambicioso por encontrar sentido y hallar el propio de aquello que, justificados en el texto, escribimos. Esto nos exige una espaciosa paciencia. Frente a una reacción inmediata ante cualquier argumento, sin previa consulta en el texto, lo mejor es ser desconfiados.

Dije, en primer lugar, un conocimiento ambicioso por encontrar sentido, es decir, todo conocimiento establece un argumento poderoso —que ha de responder variadas preguntas y salir lógicamente ileso de tal examen—, flexible, diverso, multiforme, pero, aún más trascendente, ordenado. Y sostuve, en segundo lugar, encontrar el sentido propio de lo que, justificados en aquel, escribimos; esto es, sin abandonar el sentido originario del argumento base, aprovecharlo al máximo y emplear así un instrumento lingüístico en el cual descubrimos el verdadero poder de un sentido —académico, lógico, racional— que en repetidas ocasiones escapa a la curiosidad de las multitudes, pero no a la autoridad que lo ha estructurado: una autoridad lejos de estar embelesada por el estrecho círculo de los grandes del mundo, fascinada por una verdad que cautiva por su estabilidad, pero que no aturde ni enceguece. O sea, el argumento, tanto el originario como el consecuente, defiende en su propio juicio una verdad de la cual evitamos al máximo decir: la sitúo donde pueda y después la busco como pueda.

Por eso, las conclusiones que extraemos de un texto nos permiten asegurar que este nos aporta mucho más. Lo que nos une a la lectura —nuestro deseo de seguir aprendiendo— tiene más fuerza que lo que nos separa de ella. En este sentido, lectura y paciencia son indispensables, pues en el estudio realizamos entre ambas una simbiosis tan provechosa que, gracias a ella, hemos descubierto y continuamos descubriendo muchas más enseñanzas que hasta ahora ignorábamos.

En conclusión, a través de la lectura hemos aprendido a no confundir la causa con el efecto, puesto que con mayor frecuencia hemos de recordar: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Rm 15, 4).

08/10/26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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