La política es la ciencia que no pone en juego la suerte de ningún país ni la vida de sus ciudadanos. El político no es quien se empecina en un afán de singularidad, ni tampoco quien lleva la contraria a la opinión general. Ésta no debería ser favorable a quien la organiza ni a quien la paga, sino a un pueblo que quiere ser orientado políticamente a elegir bien.
¿La gente tiene necesidad de expresión? La gente no sólo imagina tener algo que decir; el pueblo quiere evitar que se creen candidaturas de diversión. He dicho en el epígrafe «Lectura y política» —el jueves pasado señalé «Lectura y violencia»—, y con él manifiesto: a la población no deberíamos ponerla a leer agendas políticas saturadas de «más de lo mismo», porque hasta las sorpresas que puedan impresionarle no le dicen nada. En ciertas ocasiones favorece saberles inspirar la formulación de la siguiente pregunta: ¿para qué estoy más preparada, para lo imprevisto o para lo constante?
Es indudable que mucha gente anhela las migraciones de un bando a otro; pero ¿habrán sabido leer en el lenguaje más afín del pueblo que pisa las aceras día tras otro, de los pueblos alejados de los centros urbanos, del barrio y, en este, de los sectores más vulnerables, no la euforia pasajera, sino la estabilidad familiar, social, política y económica?
La gente —nosotros— no deberíamos hacer desaparecer al ser humano que ofrece el proyecto de estabilidad, porque al suceder esto aparece el ser tecnológico, el ser desencarnado. No queremos que actúe así o de este otro modo; sin embargo, moldeando al ser humano al antojo de las masas estamos fabricando al dictador o al que agrava más las desigualdades.
Con la lectura de justicia social leemos no una situación inmejorable; con la política no admitimos la anarquía como el mejor mundo del que no hay otro; con lectura y política, con buena formación de líderes en las instituciones educativas (católicas o no), no valoramos al otro —al que piensa distinto— como un rival insoportable, sino como a quien, igual que yo, lucha por vencer la inercia del pesimismo, de la desconfianza, de la corrupción, pues hay muchas miradas puestas en un rostro —humano, verdaderamente humano— que no se está hundiendo en la nada. Entonces, con lectura y política hemos de apresurarnos a comprometernos en una reconstrucción familiar, social y patria que no es únicamente tuya, ni suya, ni mía, sino que, desde nuestra peculiar contribución, debemos reconocer y sentir que es de todos.
05-11-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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