La lectura nos desgarra las vestiduras de la prepotencia —muchos con esto no hacen sino esconder lo que realmente no están haciendo—; en el camino de la vida nunca haremos sonar la hora definitiva del aprendizaje. Cierto, no falta el acoso del agotamiento y también el tedio de la monotonía.
El agotamiento nos permite confrontar con realismo la ilusión de inagotadas energías. Es imprecisa la exageración de pretenciosas atribuciones (yo soy el mejor, si no hago esto nadie más lo sabe hacer), porque validamos el dicho: nos asemejamos a uno de tantos mortales. Con una actuación así quedamos inaccesibles a las miradas humanas.
Por ende, es imposible que, gracias a la lectura y a la educación, conservemos inalterable la exageración en pretenciosas atribuciones; es decir, cuando digo en el epígrafe «lectura y violencia» (en el del jueves pasado resalté «lectura y esperanza») estoy seguro de que las manos violentas destrozan. Sin embargo, así como las pretensiones y la autosuficiencia negativa «ahogan la cosecha fecunda de la razón» y «adormecen a la humana inteligencia en el mal, en vez de libertarla» (Boecio, s. f., p. 28), en ciertas situaciones favorece agitar con un poco de violencia el fondo del abismo de flojera, negligencia y atribuciones exageradas en el cual en algunos períodos se halla sumergida la conciencia. Ahí descuida su propia luz, y precipitada únicamente hacia el entorno, no discierne lo que a solas puede meditar y profundizar.
Ese tipo de violencia no es culpable de la indiferencia respecto a la pérdida de lo más querido por todo viviente humano: la armonía con la educación integral de su persona. Por eso, todo ser humano —con la capacidad de hacerlo— es formado y «se» forma para afrontar momentos en su vida despejados y otros tormentosos. Y lo forman para que —aplicándose esa sutil violencia— sepa que pueden acompañarlo hasta donde le es más fácil avanzar; pero, en repetidas ocasiones, sin omitir lo esencial de tal aprendizaje, a donde le es más difícil moverse, ha tenido que afrontarlo a solas con lo que ha leído, estudiado, nutrido y reflexionado.
Al final, no solo preguntaremos ¿qué profesor o maestro ha sido más sabio y capaz?, sino además: ¿quién ha practicado la cualidad de hacernos transparentar en persona nuestro mayor talento? El que ha educado a alguien para que personalmente siga lo que le es más ventajoso; y este, imitando a esos formadores sabios y prudentes, podrá hacer que por sí mismo los proyectos de vida le salgan bien.
Referencias:
Boecio, S. (s. f.). La consolación de la filosofía. (P. Masa, trad.). Perdidas.
https://www.librosdearena.es/Biblioteca_pdf/consolacion_de_la_filosofia.pdf
29-10-26
Pbro. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com


