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viernes, junio 26, 2026

León XIV: una historia que cruza fronteras

En una de las tantas veces que me topé al catedrático Enrique Neira Fernández,  Teólogo Doctorado en  la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma,  le escuché el hilván que trenzaba la historia vaticana en lo tocante a la silla petrina. Su contiguidad académica, sumada a la rutina en el Departamento de Ciencias Religiosas en la Universidad Javeriana, de la que fue fundador, le daba erudición a su admirable modo de pedagogía. 

Recorría con habilidad el periplo de los Papas y podía detenerse en cualquier espacio vital para darnos una lección. Evoco sus juicios sobre Juan Pablo II, Peregrino de la Esperanza,  «venido de tan lejos con un mensaje diáfano para una iglesia ávida de una luz desde el ecumenismo » o maravillarse ante Benedicto XVI «ortodoxo en probidad de la iglesia en sus falencias y fortalezas que dio un paso al costado con humildad desde su finitud humana».

Ante la renuncia del nunca bien ponderado Teólogo alemán Joseph Ratzinger, el Dr. Neira afirmaba: «El Espíritu Santo obra en su Poder para colocar las cosas de Dios en el justo lugar, porque Francisco será la huella de la nueva evangelización». Hoy hago paráfrasis de su sapiencia proverbial para significar lo ocurrido en la Capilla Sixtina bajo los frescos de Miguel Ángel Buonarrotti «el protegido de los Papas», con la elección del Sumo Pontífice León XIV.

El Cardenal Prevost no estaba en el cuadro de papables o en la lista de socorridos que lucían las marquesinas del mercado publicitario. La obra del Espíritu Santo, predicha por Neira, se hizo palmaria y minutos después de la fumata blanca, al Balcón Vaticano asomó el pastor de la iglesia universal. No venía de las altas esferas en los mandos del orbe, sino de una región campestre en los andes peruanos donde, sencillo y llano, apacentó ovejas por 40 años.

El cónclave actuó con la reserva de la norma milenaria,  conjugando cualidades personales y prendas particulares en proporción a la exigencia histórica de la iglesia en este tiempo. Sabio fue el corolario y si la báscula  revelaba alinearse con Asia, África o América  correspondió a esta tierra nuestra, su elección. No erró Franciscó al ampliar el número de Cardenales de la región, honrando la profecía de Juan Pablo II que nos llamó El Continente de la Esperanza. 

La mixtura en su genética -francesa, italiana, norteamericana, española y azteca-, lo hace migrante voluntario en tierra inca ; «conocedor a fondo del corazón de latinoamérica». Su largo periplo en Chiclayo, al norte de la costa peruana,  compartiendo con los más humildes en innegable caridad cristiana, le facilitó agradecer la nacionalidad que le confirió ese país andino . Así actúa el Padre Robert,  luego Obispo, Cardenal y hoy Papa León XIV. 

Nos ha tomado por sorpresa su elección porque hasta ahora nadie puede atribuirse siquiera el haber considerado su nombre entre los candidatos. Su sencillez es concordante a una filosofía de vida que precede su tránsito en las altas tareas que ha recibido. 

Como uno de los nuevos purpurados en el Colegio Cardenalicio,  alcanzó presto puesto de privilegio por su impecable ejecutoria. Su carisma viene del pueblo que ha crecido con él en tanto se le atribuye el don de saber escuchar, valor casi exiguo hoy día. En el Perú  el Cardenal Prevost recorrió muchas veces la costa de Lambayeque asido de las bridas de un caballo para llegar a tiempo de dar la misa, calcando entre los aldeanos el hermoso rostro de la Misericordia Divina.

En inocultable modestia, desde el Trono Petrino ha dirigido un saludo de grata cercanía espiritual  «a mi querida Diócesis de Chiclayo (..) donde un pueblo fiel ha acompañado a su Obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto para seguir siendo iglesia fiel de Jesucristo». La frase, emocionada y espontánea,   dice mucho del nuevo pastor universal de los católicos.

Es misionero agustino con garantía de darle solidez a la Doctrina Social de la iglesia, esa que distinguió a León XIII, el Papa conciliador salido de la nobleza rural romana que escribía poesía con el mismo ardor que leía a San Francisco,  Orden a la que pertenecía su madre Anna Prosperi. El Cardenal Prevost ha escogido el nombre de León XIV y de él esperamos la hondura evangélica que ha sido distintiva de los discípulos de San Agustín de  Hipona.

Ante el Colegio Cardenalicio declaró abrevar en el legado de León XIII «con la Encíclica Rerum Novarum afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran Revolución Industrial  y hoy la iglesia ofrece a todos su patrimonio de Doctrina Social para responder a otra Revolución Industrial y a los desarrollos de la Inteligencia Artificial  que comporta nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana,  de la justicia y del trabajo».

Hay universalidad conceptual en su compromiso pontifical y eso nos alegra como cristianos porque buen trecho de ese espinoso camino ha sido allanado por sus inmediatos predecesores. No viene a  modificar sino a imprimir su sello doctrinal en las cuestiones que atañen a este «cambio de época «, como solía llamarlo Francisco.  La iglesia occidental celebra como propio este nombramiento  porque es uno entre los suyos, sin duda. 

Ciertamente, su origen es norteamericano pero buena parte de su vida ha transcurrido en Perú,  su segunda patria, por lo que refiere con frecuencia: » somos del lugar donde se nos permite servir». Este Papa trae vitalidad y experiencia eclesial reciente porque haber sido párroco en lugares de tanta complejidad social representa un añadido invaluable que sumará otro eslabón al nuevo Sucesor de Pedro, El Apóstol.

Ramón Sosa Pérez

10-05-2025

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