(Hecho de los Apóstoles 1, 3)

El título de esta reflexión, hoy domingo de la Ascensión del Señor, comprende el capítulo 1 versículo 3 del libro de los Hechos, recitado en la primera lectura.

Cuando encontramos, leemos y meditamos frases como ésa, en este caso referida por Lucas a Jesús, comprendemos que misterios como la Ascensión no quieren decir que sean completamente impenetrables.

La confianza en él, forja en nuestro espíritu, antes que una conceptuación, una comunión de concordia, nutrida no en una curiosidad intelectual, sino en la misma Palabra Sagrada, según la cual de acuerdo a la segunda lectura (Ef 1, 17-23), pedimos al Dios de nuestro Señor Jesucristo, al Padre de la gloria, espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo.

En la “comunión de concordia”, Dios-con-nosotros, no únicamente tenemos la misión de decir lo que decimos, —algunas veces cacareo de fórmulas sin contenido ni humano, ni espiritual, etc.—, sino, además, y con más peso, hacer lo posible que lo dicho con anterioridad, en la celebración eucarística, una vez encontrándonos en el núcleo familiar, en el contexto social, en el trabajo, no demuestre con decepción la savia primordial de la Palabra disociada de nuestro comportamiento.

Provocar esta disociación, incluso haciéndolo pasar desapercibido, sucede, pero ni nos va ni nos viene, haría de la fe una introducción inútil a la comunión eclesial y seguramente continuaríamos viendo la acción de Cristo en la vida eclesial como la espera del acontecimiento de un régimen fragmentario; esto es, Señor, ¿ahora si vas a restablecer la soberanía de Israel?

La soberanía de Cristo, revelada explícitamente en la Ascensión, se manifiesta actuando, sin atropellos, en la existencia de cada cristiano cuya savia medular de fe, esperanza y caridad, se cría, recibe alimento y calor al reparo del regazo de la Iglesia, herencia que Dios da a los que son suyos.

La fecundidad de esta herencia, descrita cautelosa y paso a paso por Jesús en la primera parte del evangelio de este día (Lc 24, 46-53), favorece nuestra participación en la divinidad, pues con ella reconocemos de estar fundados en Dios por creación.

Al respecto, esbocemos y meditemos uno de los significados de esta locución de Cristo:

Permanezcan, pues, en la ciudad; o sea, arráiguense en la Iglesia; hasta que reciban la fuerza de lo alto; es decir, aún buscamos una comunión perfecta, pues, cada miembro de la cristiandad es suyo realmente distinto de los otros, y, sin embargo, somos necesariamente idénticos en esta filialidad: la de la Iglesia Católica.

Por ende, en ella, con ella y por ella, vivimos el misterio de la realidad en que Jesucristo consiste, no como si fuese un escueto epíteto, sino más bien como quien reina, —canta el salmo 46—, sobre todas las naciones desde su trono santo.

01-06-2025

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com